Los campos de fútbol del continente han perdido el pigmento verde clorofílico cubiertos por el polvo en suspensión que ha levantado la iniciativa de una Superliga europea con el ombligo en el kilómetro cero de la Puerta del Sol de Madrid. Una propuesta entre un infla relámpago y un desinfla de vértigo que el ínclito Florentino Pérez, autoproclamado presidente por mayoría absoluta, quería promover para salvar el fútbol de las estremecedoras miserias que le acometen. Una competición sólo para los muy selectos que ha creado opinión y que veremos, seguro, las secuelas. Digamos que esto ha sido la primera piedra de unas iniciativas que machacarán la equidad -si nunca ha existido- en el gremio de la patada que ha pillado fuera de juego a aquellos que no tienen opción a ninguna copa ni aspiraciones para competir-la. Las rentas por el derecho a televisar los banquetes pantagruélicos de los eternos aspirantes al milagro, no os preocupéis, no les provocará a los clubes humildes ningún dolor de barriga.
La lectura profunda de la iniciativa trasladada al ámbito laboral o social es para tirar los libros y los reglamentos deportivos al río. En resumen, responde a una miseria humana que promueve sin rodeos el negocio basado en la ética bien pragmática de la caja registradora. Una máquina de imprimir moneda y billetes como cromos con los colores de unas camisetas teñidas por el monopolio del privilegio. De positivo, sin embargo, aquello que nos vendían en la inocente infancia, lo importante es participar, no ganar. ¡Nunca tan cierto!
Del pan y circo clásico al fútbol y toros del franquismo pop de principios de los setenta la intención es la misma o muy similar. Distraer al personal, apartarlo de las preocupaciones para que no cavile demasiado aturdido con el humo del opio populista o enajenarlo con rondas generosas de vino espeso con gaseosa desbravada son buenas estrategias que no tienen fecha de caducidad. Amortiguada la efervescencia del último ascenso a las cumbres de la basura mediática hay que volver a embobarnos con problemas más vitales y entretenidos que los efectos terribles de la realidad con quien nos acostamos cada noche.
¿Qué interés puede tener un partido de mínima rivalidad entre el Real Sant Iscle de Colltort y el Barça de Messi? ¡Ya iba bien encaminado el ínclito Florentino, ya! Todo por el espectáculo emulando aquellos emperadores romanos que ungían a los gladiadores con una mano de pintura para semidioses mientras eran finiquitados por el contrincante alentados por el clamor de la parroquia. ¡Hagámoslo, pues!
Ya que parece que todo regresa, no descarto una iniciativa emprendedora mejorando la ocurrencia florentinesca, la fusión entre el fútbol y los toros para que destilen las esencias deportivas adobadas con filigranas vestidas de luces más propias de la tauromaquia, pero sin atormentar a los animales. Que la prudencia y el sentido común no lo permitan, pero puestos a ver y a soportar disparates me puedo imaginar a los sufridos árbitros -la eslabón débil de la iniciativa- escarbando en el césped con los pies y bufando como un toro descolocado saliendo por el túnel de vestuarios mientras un jugador injustamente penalizado esgrime unas banderillas y lo cita a ritmo de pasodoble y represalia -¡Eh, árbitro!
En las alianzas por gestionar el ombligo peninsular, epicentro absoluto del momento político actual -a las cinco en punto-, Don Hilarión de la Superliga de la mano de la morena presidenta en funciones de la comunidad podrían ensayar un tirón de orejas cortando la coleta al torero del equipo contrario en las semifinales de copa por la presidencia de la Comunidad de Madrid con una salida a hombros bien celebrada. Cerrando el cortejo torero, unos picadores grávidos como jinetes del apocalipsis con las pullas afiladas montando caballos con los ojos tapados. Que el arte, el tronío cañí y el donaire espumoso de una birra libertaria refresquen las pasiones de este episodio con argumento de zarzuela versión Verbena de la Paloma donde una morena y una rubia se las siguen teniendo.