viernes, 30 de abril de 2021

Birras libertarias.

Los campos de fútbol del continente han perdido el pigmento verde clorofílico cubiertos por el polvo en suspensión que ha levantado la iniciativa de una Superliga europea con el ombligo en el kilómetro cero de la Puerta del Sol de Madrid. Una propuesta entre un infla relámpago y un desinfla de vértigo que el ínclito Florentino Pérez, autoproclamado presidente por mayoría absoluta, quería promover para salvar el fútbol de las estremecedoras miserias que le acometen. Una competición sólo para los muy selectos que ha creado opinión y que veremos, seguro, las secuelas. Digamos que esto ha sido la primera piedra de unas iniciativas que machacarán la equidad -si nunca ha existido- en el gremio de la patada que ha pillado fuera de juego a aquellos que no tienen opción a ninguna copa ni aspiraciones para competir-la. Las rentas por el derecho a televisar los banquetes pantagruélicos de los eternos aspirantes al milagro, no os preocupéis, no les provocará a los clubes humildes ningún dolor de barriga.

La lectura profunda de la iniciativa trasladada al ámbito laboral o social es para tirar los libros y los reglamentos deportivos al río. En resumen, responde a una miseria humana que promueve sin rodeos el negocio basado en la ética bien pragmática de la caja registradora. Una máquina de imprimir moneda y billetes como cromos con los colores de unas camisetas teñidas por el monopolio del privilegio. De positivo, sin embargo, aquello que nos vendían en la inocente infancia, lo importante es participar, no ganar. ¡Nunca tan cierto!

   Del pan y circo clásico al fútbol y toros del franquismo pop de principios de los setenta la intención es la misma o muy similar. Distraer al personal, apartarlo de las preocupaciones para que no cavile demasiado aturdido con el humo del opio populista o enajenarlo con rondas generosas de vino espeso con gaseosa desbravada son buenas estrategias que no tienen fecha de caducidad. Amortiguada la efervescencia del último ascenso a las cumbres de la basura mediática hay que volver a embobarnos con problemas más vitales y entretenidos que los efectos terribles de la realidad con quien nos acostamos cada noche.

¿Qué interés puede tener un partido de mínima rivalidad entre el Real Sant Iscle de Colltort y el Barça de Messi? ¡Ya iba bien encaminado el ínclito Florentino, ya! Todo por el espectáculo emulando aquellos emperadores romanos que ungían a los gladiadores con una mano de pintura para semidioses mientras eran finiquitados por el contrincante alentados por el clamor de la parroquia. ¡Hagámoslo, pues!

Ya que parece que todo regresa, no descarto una iniciativa emprendedora mejorando la ocurrencia florentinesca, la fusión entre el fútbol y los toros para que destilen las esencias deportivas adobadas con filigranas vestidas de luces más propias de la tauromaquia, pero sin atormentar a los animales. Que la prudencia y el sentido común no lo permitan, pero puestos a ver y a soportar disparates me puedo imaginar a los sufridos árbitros -la eslabón débil de la iniciativa- escarbando en el césped con los pies y bufando como un toro descolocado saliendo por el túnel de vestuarios mientras un jugador injustamente penalizado esgrime unas banderillas y lo cita a ritmo de pasodoble y represalia -¡Eh, árbitro!

En las alianzas por gestionar el ombligo peninsular, epicentro absoluto del momento político actual -a las cinco en punto-, Don Hilarión de la Superliga de la mano de la morena presidenta en funciones de la comunidad podrían ensayar un tirón de orejas cortando la coleta al torero del equipo contrario en las semifinales de copa por la presidencia de la Comunidad de Madrid con una salida a hombros bien celebrada. Cerrando el cortejo torero, unos picadores grávidos como jinetes del apocalipsis con las pullas afiladas montando caballos con los ojos tapados. Que el arte, el tronío cañí y el donaire espumoso de una birra libertaria refresquen las pasiones de este episodio con argumento de zarzuela versión Verbena de la Paloma donde una morena y una rubia se las siguen teniendo.

 

 

martes, 20 de abril de 2021

The Crown.

Ayer las pantallas satinadas del mundo mediático dedicaron un minuto de silencio al consorte de la reina Isabel II del Reino Unido, la matriarca política de los cincuenta y cuatro miembros de la Mancomunidad de Naciones. Algo que la convierte al mismo tiempo en la gobernadora suprema de la iglesia anglicana. La retransmisión nos mostraba como en el estricto y medido protocolo del funeral el duque de Edimburgo desfilaba, de cuerpo presente todavía, excepcionalmente delante de la reina.

La audiencia -también la de cuerpo presente- condicionada por las medidas pandémicas se consolaba comprobando como los ricos, los poderosos y los reyes, por ahora, también se mueren. El poder democrático de la muerte con un billete hacia el más allá inevitable y una gaita sonando es implacable. Músicas para faraones mientras el espíritu cruza el Támesis con destino a los anales apergaminados de los Windsor en un Land Rover acondicionado por el mismo protagonista, una versión actual de la barca de Caronte bien peculiar, un guiño a la industria británica con un mito de los primeros cuatro por cuatro, asegurando que en la empinada ascensión por un camino de cabras no le detengan un árbol abatido o un pedrusco inoportuno de mal brincar.

El compañero de la reina ha tenido que asumir por imperativo legal el feminismo de sangre azul a la sombra de quien ostenta la corona más respetada del mundo. ¿Quién ha cuestionado a la familia real inglesa? La ranciedad del linaje sin sobresaltos, que no hayan sido documentados por la exitosa serie The Crown, tiene las raíces de un árbol centenario al que las tormentas ocasionales lo han sacudido sin tumbarlo, parece que sólo lo previenen y lo fortalecen. La mortalidad de la carne no evapora los privilegios de la estirpe real y si el príncipe ha muerto, ¡viva la reina! Los legados monárquicos no están para monsergas, se heredan, toca a quien toca por riguroso turno con derecho a la sucesión sanguínea sin ningún otro requisito ni aptitud específica.

Desaparece la sombra de la reina, el paso atrás protocolario frente a la enérgica y fría mujer de semblante glacial saludando sin arrebato pasional desde una carroza dorada. Cien años casi redondos dan para contar muchas batallitas vestido de almirante y cargado de medallas. Un príncipe padre de reyes condenado al papel de secundario eternamente. No debe haber sido fácil asumirlo para un hombre del siglo pasado sin que chirríe el guion del cuento de hadas que rodea a estos personajes con tanto poder terrenal -y divino en el caso de Isabel II-.

Por si os decidís, una oportunidad laboral más en tiempos difíciles, os informo que en todas las academias de aspirante a príncipe para convertirse en rey consorte de facto ponen de modelo a esta pareja inglesa que ha hecho efectiva una larga vida sin escándalos torpes. La exquisitez conyugal que han modulado ha sido el espejo donde todos los aspirantes a reyes y reinas con corona se querrían reflejar. ¿Qué ha trascendido, al margen de pequeños asuntos humanos que presuntamente salpican la fidelidad doméstica? Nada de imperdonable. Han reinado con eficacia y provecho sin desvelar el misterio de la fortuna de la reina. Un enigma que no quita el sueño a los súbditos ingleses, al contrario, parecería que les adula, que la señora figure entre las fortunas catalogadas más inmensas.

¡Buen reposo, príncipe! Tendremos que esperar a como se desarrolla el árbol genealógico de los Windsor, como prosperan las diversas ramas y cuando el presunto heredero, Carlos príncipe de Gales -conocido como el Orejas-, sucede a su madre ya que es el primero en la línea de salida, quien ha logrado por méritos personales la pole position en la fórmula uno del Reino Unido. Por ahora, yo y la humanidad informada, esperamos intrigados hacia dónde se decantará la historia. Esperamos ansiosamente la nueva temporada de The Crown que aportará toda la luz y la objetividad biográfica verificadas hasta ahora.

 

lunes, 12 de abril de 2021

El amor en tiempos de la peste.

El amor en tiempos del cólera es una obra que los críticos literarios consideran capital en la producción del Nobel colombiano. Narra la desgraciada relación enmarcada en un triángulo amoroso de principios del siglo pasado que se sostiene durante muchas décadas sólo por carta y mediante el telégrafo. Distancia, manos demasiado limpias y una mascarilla mensajera con sello. En el amor en tiempos de pandemia se afilan los sentimientos o se diluyen las idealizadas pasiones concretadas en frustración bajo el epílogo de la ausencia. En materia amorosa se nos pone a prueba y lo que fuera cierto corre el riesgo de convertirse en sueño ya que el recuerdo nos acaba haciendo dudar por encima de la misma verdad.

La locura en tiempos de la peste que nos trastoca y nos hace bailar en la cuerda floja a riesgo de despeñarnos afectados por un aturdimiento mental con nosotros mismos o defendiendo una burbuja sentimental sin papeles y, lo más duro, sin epidermis. Tiempo de metáforas, de añoranza, de promesas y de reencuentros inciertos. Con un hasta pronto en el horizonte difuso sin un reloj que marque las horas. La distancia -y la ausencia- es una condena más que una medida cuando el riesgo del reencuentro se convierte en una prueba de amor a vida o muerte, podría argumentar uno de los personajes en un exceso melodramático ajustando las cuentas justo en el preciso momento en que la vajilla de la ruptura sobrevuela peligrosamente los espacios con destino a convertirse en añicos.

Pongámonos en la piel de aquellos que, coincidiendo con la edad del hallazgo urgente, se ven abocados al cierre y al mercadeo frío de las emociones vertidas en una pantalla plana sin mensajes ingeniosos, sin un poemario de cabecera -un buen recurso, aunque tronado-. De los que habitan bajo la custodia de las madres alteradas por si además de buena persona, limpia y trabajadora, no se despoja no sólo de la mascarilla bajo ningún concepto. Cuidado, que el abuelo vacunado subsiste al borde afilado de la precariedad existencial, aleccionan despidiéndose mientras no acaba de llegar el ascensor, la góndola con destino a un paseo arriesgado por los canales dominicales de un encuentro azaroso. Redimidas por el confinamiento nocturno, las angustiadas madres se ahorran, eso sí, de imponer la hora de vuelta a casa.

De todos colores y para todos los gustos, es la magia del amor en mayúsculas o del ofuscamiento ocasional. Un combinado de emociones que cada uno hace suyo según la flecha que lleva clavada en el corazón como tatuada en la corteza de un roble viejo. La imagen tópica de una pasión que necesita hacerse visible y que poco a poco el tiempo y la convivencia, pueden marchitar. Reclusiones en jaulas de oro con un canario que desafina. Esperas eternas de flaca recompensa emocional, de indiferencia disimulada contrastadas con soledades literales que casi se elegirían de poder escoger. Mejor solo que mal acompañado, un himno para el desencanto y la monotonía que se escucha en algunos balcones a las ocho en punto.

O el tiempo de una oportunidad, para rehacer, reanudar o empezar una relación a pesar de las condiciones y las barreras -con y sin mascarilla-. Tiempo de telégrafo inalámbrico, de mensajes breves, fríos y reiterados para los que continúan reflejándose en la luna en un instante de conjura temporal, al unísono, como levantando el dedo desde la lejanía. ¡Existimos más intensamente porque alguien especial nos ama y nos redime!