miércoles, 31 de marzo de 2021

Paciencia y templanza.

La semana santa era como un paréntesis triste que a la vez se resolvía en un estallido de retorno a la vida con una resurrección que suele emparejarse con el rebrote vital que supone la primavera. El anuncio de la exuberancia en la verdura, los conciertos ornitológicos proclamando la vida y la alegría por el retorno al nido que las golondrinas tienen adosado a la barbacana del tejado preludian el renacimiento del ciclo de la vida en el calendario de las estaciones. Dicen que el domingo de ramos tiene su origen en rituales acogidos por nuestra tradición religiosa para celebrar esta explosión de savia renovada.

Días de cuaresma y bacalao, de abstinencia con pasas y huevos duros sin tocino que lo aliñe aún perduran en algunas casas. Como las eternas sesiones de iglesia que prescriben los rituales litúrgicos de esta semana santa regida por los caprichos lunares. Tiempo de penitencia y privación que no hace demasiadas décadas era espartanamente respetado. Días tristes, oscuros, para reprimir toda manifestación que no sea de duelo rememorando como los hombres matan a los dioses que precisamente por su divinidad salen andando de la tumba y ascienden al cielo.

Días de penitencia y privación que este año también resucitan sitiados en burbujas laicas recluidas y en la falta exasperante de vacunas curanderas. Privados de encuentros sociales para no recaer en el pecado capital del contagio nos desplazamos en lentas procesiones de dolor con una bula de convivencia comprimida para demostrar que, como las golondrinas, tenemos asilo en el mismo nido. Y los Mossos de Esquadra, secuaces en la tierra de San Pedro portero del cielo, recuentan pecados y pretextos que nos han de cerrar o abrir el acceso al pueblo elegido. Se han dado excepciones sospechosamente indocumentadas porque uno de los expedicionarios penitentes vestía túnica e iba descalzo con un cirio en la mano.

De la vehemencia medieval por alcanzar la piedad divina para que los demonios de la peste no nos alcanzaran se quemó mucha cera y se hicieron muchas promesas, sacrificios y restricciones sobrepuestas a las prescritas por las autoridades morales de aquellos años de pandemia sin luz ni remedio que no consistiera en dejarlo en manos de los dioses o de las fuerzas de la naturaleza perfumados con incienso divino. De la creencia en la ciencia que ahora nos permite los sahumerios de paracetamol que ungen a los elegidos, los bendecidos por la mano de una enfermera después de que nos hayan vacunado mientras recita con solemnidad el sermón de los posibles efectos secundarios. ¡Que te sea leve!

Y la procesión empantanada de este año todavía tan extraño transcurre pobre y sin demasiados alardes. Los mazazos graves de timbal con los acompasados ​​repiqueteos fulgurantes de las lanzas contra los adoquines -antes del confinamiento nocturno- anuncian la cruzada entre los armados, defensores encarnizados de la muralla, y los mercaderes del templo que nos tientan con quesos de cabra y miel de romero artesanos a los peregrinos del todo terreno. 

Paciencia y templanza mientras no nos acabe de redimir la ciencia. 

¡Buena Pascua! 

 

sábado, 27 de marzo de 2021

Máquinas de pedalear.

La Volta Ciclista a Catalunya cumple un rezagado centenario ya que la edición de marzo de 2020 se canceló. Se convierte en la tercera gran prueba ciclista que sopla las velas de los 100 años, después del Tour de Francia y del Giro de Italia. Ayer cruzaban el mapa físico del asfalto desde el Canal Olímpic de Catalunya, en Castelldefels, hasta la estación de esquí de Vallter 2000. Hoy han salido de Ripoll para llegar a Port Ainé trazando una sinuosa raya geográfica a golpe de pedal por las cumbres en otra etapa de montaña, sinónimo de muy empinado. Agota de espíritu contemplar desde el sofá cómo evolucionan estos esforzados sufridores de las dos ruedas.

Tradicionalmente se asocian las grandes carreras ciclistas al verano coincidiendo con la hora de la siesta mientras el rosario multicolor serpentea trepando, por ejemplo, por el Coll de Tourmalet. Inquieta comprobar cómo, si dejaran de pedalear un instante, la máquina daría marcha atrás por los efectos gravitatorios. Se debe tener que estar muy en forma y avezado al calvario que exige la práctica de este deporte profesional. Se pueden considerar héroes por las distancias que recorren en una etapa y unos semidioses del Olimpo deportivo cuando, además, desafían temerariamente la altitud como proyectiles con casco por las vertiginosas pendientes.

Ha sido un goce seguir desde los medios la etapa que terminó en Vallter 2000. Reconocer los rincones de la carretera que atraviesa el Ripollès. Como una postal primaveral cargada de verdes y piedras con las arrugas del tiempo repasando la fisonomía reconstruida de campanarios y de puentes presumidos, altivos. Entre la épica mortal de unos bíceps torneados con esfuerzo, las cadenas y los piñones engrasados ​​tienen la cadencia rítmica de un poema futurista de Joan Salvat-Papasseit bajo la batuta de Filippo Tommaso Marinetti en la sala de máquinas de escribir.

En 1965, en el Tour de Francia, figura la etapa Barcelona - Perpiñán. Era la edición que ganó el italiano Felice Gimondi con el eterno segundo Raymond Puolidor a la zaga. Julio Jiménez, del equipo Bic, ganó el gran premio de la montaña para mayor gloria nacional. El 4 de julio los niños y las niñas -supongo- de la escuela de Sant Pau de Segúries desfilamos festivos y expectantes hasta la carretera por donde ascendían desde Barcelona los ciclistas franceses. En una carrera del país vecino -razonaba yo- sólo podían participar gabachos. El maestro y nosotros asistiríamos a un evento que salía en los papeles del que la televisión de la época hablaba.

Aquella tarde, también a la hora de la siesta -el ciclismo tiene unos principios perdurables-, la carretera se colapsó con un tránsito nunca visto. Yo ese día descubrí dos cosas. La primera es que el valle, encajonado entre montañas, iba más allá, mucho más allá. Que el mundo no se acababa en la cresta del Costabona si se podía cruzar la frontera en bicicleta. El segundo hallazgo apuntaba a que este universo cercano vivía una vorágine apresurada a juzgar por la hiperactividad de los vehículos que flanqueaban los ciclistas galos. ¡Qué realidad más diferente y de admirar! Coches recios, motos espectaculares de una generosidad cercana al tirar bautizo, aquella práctica perdida en la que los padrinos lanzaban confites y otras golosinas a los niños que siguen la ceremonia. Artículos de propaganda, viseras de cartón con una goma elástica de pacotilla. Bolígrafos de la casa Bic -cortesía de Julio Jiménez, que cruzaría el primero el Coll d’Ares-.

Recuerdo como si fuera hoy cómo disfruté del paso de unas scooters que cabalgaban unos motoristas con un mono azul llamativo efectuando equilibrios en el asiento o puestos de pie realizando coreografías bien coordinadas. Mirando la serpiente de colores de la Volta a Catalunya de estos días he echado de menos -y estoy por apoyar- una exhibición similar protagonizada por los Mossos de Esquadra, por ejemplo. Regresamos a la escuela cargados de propaganda, alguna gorra o algún bolígrafo moderno, la constatación de que en la ladera opuesta del país vecino había vida y, tal vez, esta era mejor y más entretenida a juzgar por los coches y los motoristas funambulistas.

La consecuencia más inmediata de aquella ostentación extranjera avaló la firme determinación de querer reproducirla. Rescatamos con el fundamento ejemplar del Tour las carreras de máquinas. Llegados aquí debo aclarar que en la infancia sólo conocía dos máquinas, la de coser y la de pedalear. Los antepasados masculinos se referían a la bicicleta como la máquina. Las mujeres cuando hacían mención hablaban de la Singer, que también funcionan a pedal pero estas no se movían de la rinconada donde se hallaban ancladas. Me olvidaba de la tercera máquina que conocí, la Máquina Fer Por -de dar miedo-, con este mote se aludía al Pepet, un mozo de payés en la Serra de Cavallera que terminó sus días en el Valle de Núria pastando ovejas bajo la protección de Sant Gil inmortalizado en la portalada de un calendario de la difunta Caixa de Girona con el posado de un gran artista del cine.

Aquellas máquinas heredadas de los padres eran pesadas, excesivas y de un chirriar estridente con tendencia por las cunetas. Eran el medio de transporte para llegar a la escuela en un recorrido que estos días los espadas de la Volta a Catalunya culminaron con cuatro pedaladas. Qué frío y cómo contrariaba no tener una bicicleta de carreras con un manillar como la cornamenta retorcida de un carnero. Cuando dispuse de una, de carreras, entonces yo ya tenía la cabeza puesta en aquellas motos de hacer equilibrios. ¡Cómo cuestan de atrapar los sueños!

 Contemplando los rincones conocidos a vista de pájaro o los escenarios por donde cruzaban los ciclistas de la Volta a Catalunya por el Ripollès me reconozco pedaleando cuando el tiempo lo permite. Por edad, condiciones físicas y calibre, lo que procede desde hace una temporada es la máquina eléctrica -no la de afeitar sino la de pedalear-. Te permite la posibilidad de volver a subir -y a bajar- con la ayuda imprescindible del motorcito mágico aunque tengas que soportar con estoicismo los adelantamientos de aquellos que con una bicicleta sólo a pedales te despiden rencorosamente en la derrota por puntos con un alarido, -¡Eso es trampa!

Estafando a las leyes de la física la comunión con este artilugio es una fuente de placer que permite el disfrute de lugares desde una perspectiva insólita. Caminos de montaña o carriles para bicicletas como la Ruta del Ferro con el epicentro a Sant Joan de las Abadesses donde existe un banco cruzado justo el Puente de la Puda que, en verano, debe ser el lugar más cercano al paraíso perdido.

¡Vamos, pues, no dejemos de pedalear ni de soñar por la vida!

 

 

sábado, 13 de marzo de 2021

La anatomía de una silla.

Las sillas tienen una anatomía acostumbrada a soportar el culo de quien las habita. Las hay personales, de uso exclusivo e intransferible. Quién no ha hecho suya una silla del comedor de casa que a la vez ya tiene asignado un espacio propio. Desayunamos, comemos y cenamos siempre con la misma. Me atrevería a decir que, si por un casual nos la mueven del sitio, somos capaces de darnos cuenta de que algo no funciona. Nos falta la energía y el calor que hemos ido acumulando día tras día -tú y la silla-. Muebles, por tanto, las sillas, que también deben percibir las particularidades de quien las apadrina y adquieren una especie de vida propia. Acabamos por desarrollar un afecto recíproco sin discursos sino con gestualidades y contorsiones diversas e íntimas con este utensilio tan ordinario.

¿Quién no ha participado del juego de las sillas? Un corro moviendo el esqueleto con la oreja y los reflejos afilados para sentarse así que la música se detiene. Quien cae, quien se demora y quién es el más ágil para no quedar plantado fuera del envite. Hay estudios fundamentados que demuestran que, cuando jugamos en casa como el equipo local, la silla nuestra se pone bien, nos tiene querencia, se acerca disimuladamente con cierto magnetismo afectivo debilitando un poco al equipo visitante. Se ha probado que llegan a trastocar el equilibrio y la gravedad cuando perciben un trasero extraño o ajeno. La silla, pues, es una sensible meticulosa con las partes posteriores.

De morfología muy diversa. De variada estructura, color y textura. ¡Ay, la silla! De hecho, si le buscamos los tres pies, a la silla, podría surgir el minimalista taburete, sin brazos ni respaldo. Las hay como la osamenta de un pollo a l’ast, extremadamente simplistas y sin complementos funcionales aprovechables de ningún tipo. O las de linaje acogedor que te abrazan, rollizas rozando la obesidad, como el butacón de leer o de descabezar un sueñecito con aires altaneros y firme. También aquellas que buscan la cuadratura del círculo -o al revés-, los balancines, que nos cuestionan si son hermanos de sangre o primos lejanos de las estáticas sillas. Podríamos columpiarnos muchas horas polemizando qué existió antes, si la silla o el cansancio.

Sillas de poca monta, poco formales, que suelen calzar zapatillas y parecería que visten un chándal. Sillas de domingo con corbata de lazo, perfumadas y escrupulosamente ariscas -¡ojo, no me pringues!- de la especie del mírame pero no me toques muy sensibles al polvo estático. Sillas de formato asambleario como el tradicional banco espartano y el escaño de madera en el campo; o el sofá, el summum para practicar la cohesión social que fomentan los encuentros en pareja.

Con un ramalazo dominical, con aires de banco de misa, existen las sillas profesionales asociadas al sudor burocrático firmemente amarradas a una mesa de despacho. Un híbrido entre el balancín y un versátil sillón aerodinámico con ruedas. Di con qué silla te juntas y te diré quién eres. Sillas alcanzadas por largas escaleras de caracol. Sillas de por vida, como los sedosos tronos dorados. Y las veleidosas sillas de recorrido corto y parada final de tendencia inestable, aquellas que se adjudican a criterio y voluntad de los sufragios. Elije el adjetivo: variables, mudables, volubles, inconstantes, caprichosas, arrebatadas, volátiles, caprichosas, traicioneras...

Me contaba con cierto pudor el usuario efímero de una de estas sillas infieles previendo el descalabro emocional de la separación -resuelta en divorcio con papeles de urna- que comenzó cuidadosamente a desmontar preventivamente la silla -algunos compañeros de trabajo sólo se llevan la grapadora-. Hoy un reposabrazos, después una rueda, mañana el respaldo y así hasta que volvió a componerla en casa, en su despacho. Se le enternece el talante cuando recuerda el día que birló la última pieza del rompecabezas, el acolchado reposacabezas que corona el ergonómico respaldo. -¡Ni se te ocurra! -me soltó con la mirada ida. Aquella ingrata silla cambiada de lugar mudó también de condición, y por inverosímil que pueda parecer, la silla en casa no le reconocía el culo. Añoranza, melancolía o, lo peor, ingratitud. A saber, las fábulas con sillas también quieren proponer una enseñanza útil o moral y alegórica donde los seres inanimados hablan y obran como si fueran seres políticos humanos o racionales. Podríamos cerrar esta tal y como reza el dicho popular, quien fue a Sevilla perdió su silla.