La Volta Ciclista a Catalunya cumple un rezagado centenario ya que la
edición de marzo de 2020 se canceló. Se convierte en la tercera gran prueba
ciclista que sopla las velas de los 100 años, después del Tour de Francia y del
Giro de Italia. Ayer cruzaban el mapa físico del asfalto desde el Canal Olímpic
de Catalunya, en Castelldefels, hasta la estación de esquí de Vallter 2000. Hoy
han salido de Ripoll para llegar a Port Ainé trazando una sinuosa raya
geográfica a golpe de pedal por las cumbres en otra etapa de montaña, sinónimo
de muy empinado. Agota de espíritu contemplar desde el sofá cómo evolucionan
estos esforzados sufridores de las dos ruedas.
Tradicionalmente se asocian las grandes carreras ciclistas al verano
coincidiendo con la hora de la siesta mientras el rosario multicolor serpentea
trepando, por ejemplo, por el Coll de Tourmalet. Inquieta comprobar cómo, si
dejaran de pedalear un instante, la máquina daría marcha atrás por los efectos
gravitatorios. Se debe tener que estar muy en forma y avezado al calvario que
exige la práctica de este deporte profesional. Se pueden considerar héroes por
las distancias que recorren en una etapa y unos semidioses del Olimpo deportivo
cuando, además, desafían temerariamente la altitud como proyectiles con casco
por las vertiginosas pendientes.
Ha sido un goce seguir desde los medios la etapa que terminó en Vallter
2000. Reconocer los rincones de la carretera que atraviesa el Ripollès. Como
una postal primaveral cargada de verdes y piedras con las arrugas del tiempo
repasando la fisonomía reconstruida de campanarios y de puentes presumidos, altivos.
Entre la épica mortal de unos bíceps torneados con esfuerzo, las cadenas y los
piñones engrasados tienen la cadencia rítmica de un poema futurista de Joan
Salvat-Papasseit bajo la batuta de Filippo Tommaso Marinetti en la sala de
máquinas de escribir.
En 1965, en el Tour de Francia, figura la etapa Barcelona - Perpiñán. Era
la edición que ganó el italiano Felice Gimondi con el eterno segundo Raymond
Puolidor a la zaga. Julio Jiménez, del equipo Bic, ganó el gran premio de la montaña para mayor gloria nacional.
El 4 de julio los niños y las niñas -supongo- de la escuela de Sant Pau de
Segúries desfilamos festivos y expectantes hasta la carretera por donde ascendían
desde Barcelona los ciclistas franceses. En una carrera del país vecino
-razonaba yo- sólo podían participar gabachos. El maestro y nosotros
asistiríamos a un evento que salía en los papeles del que la televisión de la
época hablaba.
Aquella tarde, también a la hora de la siesta -el ciclismo tiene unos
principios perdurables-, la carretera se colapsó con un tránsito nunca visto.
Yo ese día descubrí dos cosas. La primera es que el valle, encajonado entre
montañas, iba más allá, mucho más allá. Que el mundo no se acababa en la cresta
del Costabona si se podía cruzar la frontera en bicicleta. El segundo hallazgo apuntaba
a que este universo cercano vivía una vorágine apresurada a juzgar por la
hiperactividad de los vehículos que flanqueaban los ciclistas galos. ¡Qué
realidad más diferente y de admirar! Coches recios, motos espectaculares de una
generosidad cercana al tirar bautizo, aquella práctica perdida en la que los
padrinos lanzaban confites y otras golosinas a los niños que siguen la
ceremonia. Artículos de propaganda, viseras de cartón con una goma elástica de
pacotilla. Bolígrafos de la casa Bic
-cortesía de Julio Jiménez, que cruzaría el primero el Coll d’Ares-.
Recuerdo como si fuera hoy cómo disfruté del paso de unas scooters que cabalgaban unos motoristas
con un mono azul llamativo efectuando equilibrios en el asiento o puestos de
pie realizando coreografías bien coordinadas. Mirando la serpiente de colores
de la Volta a Catalunya de estos días he echado de menos -y estoy por apoyar-
una exhibición similar protagonizada por los Mossos de Esquadra, por ejemplo. Regresamos
a la escuela cargados de propaganda, alguna gorra o algún bolígrafo moderno, la
constatación de que en la ladera opuesta del país vecino había vida y, tal vez,
esta era mejor y más entretenida a juzgar por los coches y los motoristas
funambulistas.
La consecuencia más inmediata de aquella ostentación extranjera avaló la
firme determinación de querer reproducirla. Rescatamos con el fundamento ejemplar
del Tour las carreras de máquinas.
Llegados aquí debo aclarar que en la infancia sólo conocía dos máquinas, la de
coser y la de pedalear. Los antepasados masculinos se referían a la bicicleta
como la máquina. Las mujeres cuando hacían mención hablaban de la Singer, que también funcionan a pedal
pero estas no se movían de la rinconada donde se hallaban ancladas. Me olvidaba
de la tercera máquina que conocí, la Máquina
Fer Por -de dar miedo-, con este mote se aludía al Pepet, un mozo de payés
en la Serra de Cavallera que terminó sus días en el Valle de Núria pastando
ovejas bajo la protección de Sant Gil inmortalizado en la portalada de un
calendario de la difunta Caixa de Girona
con el posado de un gran artista del cine.
Aquellas máquinas heredadas de los padres eran pesadas, excesivas y de un
chirriar estridente con tendencia por las cunetas. Eran el medio de transporte
para llegar a la escuela en un recorrido que estos días los espadas de la Volta
a Catalunya culminaron con cuatro pedaladas. Qué frío y cómo contrariaba no
tener una bicicleta de carreras con un manillar como la cornamenta retorcida de
un carnero. Cuando dispuse de una, de carreras, entonces yo ya tenía la cabeza
puesta en aquellas motos de hacer equilibrios. ¡Cómo cuestan de atrapar los
sueños!
Contemplando los rincones
conocidos a vista de pájaro o los escenarios por donde cruzaban los ciclistas
de la Volta a Catalunya por el Ripollès me reconozco pedaleando cuando el
tiempo lo permite. Por edad, condiciones físicas y calibre, lo que procede
desde hace una temporada es la máquina eléctrica -no la de afeitar sino la de pedalear-.
Te permite la posibilidad de volver a subir -y a bajar- con la ayuda
imprescindible del motorcito mágico aunque tengas que soportar con estoicismo
los adelantamientos de aquellos que con una bicicleta sólo a pedales te
despiden rencorosamente en la derrota por puntos con un alarido, -¡Eso es
trampa!
Estafando a las leyes de la física la comunión con este artilugio es una
fuente de placer que permite el disfrute de lugares desde una perspectiva
insólita. Caminos de montaña o carriles para bicicletas como la Ruta del Ferro
con el epicentro a Sant Joan de las Abadesses donde existe un banco cruzado
justo el Puente de la Puda que, en verano, debe ser el lugar más cercano al
paraíso perdido.
¡Vamos, pues, no dejemos de pedalear ni de soñar por la vida!