miércoles, 30 de septiembre de 2020

Trump, el seductor.

Empezaré reproduciendo lo que escribí hace unos años: "Este 2017 se inaugura gélido mientras se acerca la ceremonia de cambio de presidente en Estados Unidos de América. Obama marcha y le releva Trump. Un personaje que ya empieza a cabalgar aunque por ahora sólo tuitea. Me llamó la atención la conversación en la calle de dos ancianas de edad avanzada refiriéndose a este Donald -¡Sí, mujer, aquel que parece haber salido de un circo! -imaginé que se trataba de un eufemismo tocado por la beatitud que confiere la edad relativizando al personaje y el momento. Mi duda es si la abuela quería tratarlo elegantemente de "payaso" sin rodeos o se le rompió el razonamiento mientras no tropezaba con la palabra". [Reflejos y Titiriteros. El capitán Americano II, del 15 de enero del 2017].

El primero de los debates Trump - Biden -calificado como un combate de "mierda" por algunos medios americanos- se celebró ayer. Curiosamente Biden se alineó con el pensamiento de aquella abuela cuando soltó: "Es difícil decir una palabra con este payaso". El hombre del circo de la política estadounidense ha roto todos los moldes previsibles. El discurso paradigmático de la política tradicional se ha degradado. Las formas, la mínima elegancia emitiendo un mensaje, se ha demostrado que no sirven de gran cosa, ya no son útiles. Algo que vendría a apuntar la posibilidad -¡que las urnas nos libren!- que este "payaso" puede volver a vencer.

La mentira, la marrullería, la ofensa, la mala educación, el pavoneo prepotente han abordado tumultuosamente el circo de la política. El libro de estilo de Trump ha creado escuela y se propaga como una mancha de aceite. No sólo en las praderas imperiales del lejano oeste, también a otras mesetas más cercanas donde estos personajes con poder irrumpen en los salones con aires de truhan. Facinerosos de lo público que ya no necesitan disimular para que una parte de los electores los crea y los apoye votándoles. ¡Terrible!

Hasta hace poco diferenciábamos el predicar del repartir trigo. Desde la corrección y el formalismo de los sermones nos cuestionábamos las promesas incompletas pero lo decían tan bien, tan escrupulosamente que se hacían medio perdonar por la supuesta falta de tiempo a cumplir lo que habían prometido en los programas electorales. Aquellos retóricos, unos poetas de la filigrana política, ya no se llevan. La oratoria ingeniosa, la réplica afilada, la ironía inteligente se han convertido en piezas descatalogadas, arrinconadas en los estantes entre las zarandajas parlamentarias. Si caéis en la tentación de figurar en la nómina de los servidores públicos o de llegar a ser un representante al servicio de los ciudadanos no os equivoquéis de estrategia. Ahora se puede mentir sin remordimiento, cuanto más gorda la soltéis más resonancia. Engañad, haced lo contrario de lo que recetéis y si os pillan poned cara de circunstancias, de no haber roto un plato. Sed fuertes porque el temporal mediático dura menos que un aguacero, después muchos ya no se acuerdan. Sed corruptos con elegancia aunque de corrupto y de señor -como de cerdo- unos nacen y otros se hacen. Los días lo transmutan en papel mojado y las urnas lo aguantan todo, son omnívoras.

Jugad sucio proclamando que es para el interés de un bien supremo, buscad enemigos, a quien os lleve la contraria, crucificadlos sin miramientos ni vergüenza, al contrario, haced ostentación y bandera. Al contrincante ni agua ni sal. Atribuidles todos los males -la pandemia también-, aplastadlos sin piedad con toda la contundencia que sea necesaria y más. No dejéis que se defiendan, no permitáis que hable quien no puede tener la razón. Rompedles el argumento y la defensa con ruido, que su voz no se oiga porque chilláis más y los interrumpís así que tienen la palabra, saltémonos el turno, debatid sin ninguna delicadeza porque sólo quieren envenenar nuestros intereses, los verdaderos.

Gritad tanto como podáis, proclamad vuestra razón única y cierta. Hacedlo con mucha vehemencia y gestualidad ya que parecerá que sois los elegidos para poder resolver el caos y la pobreza, sois los escogidos para devolvernos el orgullo machacado. Sois los mejores y por eso nos merecemos a un dirigente como el que os seduce con palabras que se entienden, de las que utilizáis sin rodeos ni conceptos que sólo esconden la voluntad de tomaros el pelo, el trabajo y el bienestar. Todo es más fácil. Llegados aquí fijad un plazo corto, los políticos de raza lo arreglan en cuatro días y a mucho estirar en un mes. No ahorréis en grandilocuencia, prometedles el cielo, si es necesario. Y, sobre todo, no os olvidéis de los brindis verbales gritando con firmeza y "convicción" un ¡Viva! a quien corresponda. Al rey si lo tenéis, a la madre patria si sois sus hijos o al presidente de los pesca ranas mancomunados del Llobregat. Bien fuerte y con resolución marcial, ¡Viva! Como si tras el grito llegaran los tanques y la tropa, la que prefiráis, una de judicial, la policial, la legión de los políticos o sólo un triste vicario en bicicleta y sin cabra anunciando al redentor.

 Sin embargo y por librarnos del mal, no caigáis en la tentación de respaldarlos en nada, aunque lo que digan parezca sensato, se trata de un espejismo. No os dejéis embaucar. Tras sus promesas sólo hay cantos de sirena, confusión y lo que no os conviene. Hacedme caso. ¡Esto, yo y mis intereses os lo arreglamos en un santiamén!

Descanse en Paz, Quino.

 

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

El estreno del curso.

 

Las puestas en escena de una obra requieren de un trabajo impresionante que a menudo los espectadores no llegamos a ser conscientes del todo. Una noche de estas, en una gala de gente del mundo del teatro y del malvivir farandulero -ahora más que nunca-, una pareja de hermanos entrañable encargados de hacer efectivos los sueños y las ilusiones que provoca también el escenario ideado para cada espectáculo, reclamaba que en los programas de mano figuren todas las personas anónimas que cosen, iluminan, hacen de altavoz de la palabra y apuntan -si todavía existe el apuntador- los textos a los protagonistas, las caras reconocidas, que pisan el decorado una vez montado.

Llegar al estreno o a la presentación de una producción artística o cultural suele ser un camino de esfuerzos, una especie de odisea a menudo muy empinada que pasa a un segundo plano el día que se levanta el telón y se apagan las luces para que comience finalmente la magia. La prensa, los críticos y cierto público selecto están presentes y son mayoría. Se trata de la tropa que colecciona primeras ediciones de la disciplina que sea. Mayoritariamente, al menos por gratitud y porque suelen ser invitados de gorra, entonan las excelencias aunque piensen que la cosa podía haber funcionado mejor. Los nervios del estreno, alegan si alguien les cuestiona la opinión de autoridad que ejercen.

Imaginemos por un momento -también se trata de una ficción- que un crítico se empeñara en asistir cada día al mismo espectáculo, a una obra de teatro de la que se acaba aprendiendo el texto y es capaz, si la gracia escénica le asistiera, de hacer todos los papeles del auca. Supongamos que este insólito crítico teatral adicto a un cierto perfeccionismo enfermizo publicara día a día su y particular crónica de cada una de las sesiones que presencia abonado a la misma butaca. El error puntual de la protagonista que se confunde en una réplica. La salida a escena inoportuna. La calavera que cae al suelo justo cuando elige "ser" y levanta el vuelo. El secundario que pierde la memoria o el ultracorrecto que exclama con sobreactuación "apaga la vela y vale" cuando a la acotación del texto se lee claramente "y sale". Cosas del día a día acumuladas que nos podrían hacer decidir que no hay que presenciar el surtido de desgracias desafortunadas reunidas por el quisquilloso crítico de lo cotidiano.

Si el teatro ha decidido levantar el telón, el curso escolar lo ha hecho con más público que en los espacios diversos donde tiene afincado el escaparate la cultura. Con un aforo al completo, con todas las entradas vendidas, ya hace una semana y algunos días que el gran espectáculo de la vuelta a la escuela funciona con bastante precisión. Niños, preadolescentes y jóvenes tras una ausencia larga como un día sin pan recuperan lo que solían. Un deseo manifestado ampliamente por los protagonistas principales, de volver a los centros, de recuperar a los compañeros, la actividad y a los profesionales -todos, también al apuntador - que les apoyan y lo han hecho posible.

Llegar al estreno del curso actual ha sido más empinado, adecuar los escenarios pedagógicos, marcar los espacios de referencia, disponer de una organización meticulosa para garantizar la seguridad y al mismo tiempo enseñar y educar en un marco totalmente nuevo, que no de nueva normalidad -como dicen-, ha supuesto un esfuerzo titánico. Una exhibición ciertamente innovadora. La tarea de gestionar y de organizarlo no es suficientemente conocida ni la sociedad es consciente de la incertidumbre a causa de la situación condicionada por la evolución de la pandemia, extraordinaria y muy delicada. Sobre todo porque los profesionales -todos- han dejado más que horas y paciencia conscientes de que han de vérselas con material muy sensible.

Rituales y rutinas con una disciplina también insólita mientras los apuntan con una pistola de ciencia ficción como averiguando la cantidad de neuronas que tienen aún por estrenar o en rodaje. Y aquellos bulliciosos sospechosos lavándose las manos como unos Poncio Pilato bajo la mirada severa de la maestra. Tocará -esperemos que así sea- aprender y ensayar el poema de navidad encaramados en una silla tras una insoportable mascarilla con lentejuelas, la barricada perfecta a la vergüenza y un buen parapeto al sentido del ridículo mientras recitamos a Joan Salvat-Papasseit con el rumor d’un carro carregat d’apis que l’empedrat recolza.

Este año asistir al estreno del curso ha supuesto una carga bastante pesada, un sobrepeso, que los medios no han explicitado, creo, suficientemente. Valorar la faena, reconocer este esfuerzo. No propondré que salgamos cada día a la hora de cerrar la barraca escolar a aplaudir desde los balcones -como solíamos- para agradecer la agotadora temeridad que supone, según los pesimistas, abrir los centros docentes. Yo sólo pediría una ovación sentida para las familias corresponsables con el cuidado y las medidas que también se exigen en casa -y se verifican en la escuela-.

Creo que, en las crónicas del momento que vivimos, nos ha faltado la puesta en valor de lo que ha supuesto, primero ejercer de alumnos y de maestros desde la distancia -cuando el bolero digital- y luego cuando se han tenido que abrir las macizas puertas físicas según lo previsto en el calendario escolar de esta edición -una milonga- histórica. Pienso que aquel crítico de teatro, el de la butaca abonado a cada sesión, se ha pasado al mundo de la pizarra con una tiza a menudo demasiado gruesa y con poca indulgencia.

Yo sí quiero agradecer -a todos- el esfuerzo y la dedicación. Cosas de una palabra descatalogada, la vocación, que también ha salido a escena en un momento como el que os ha tocado ejercer la docencia.

            -¡Gracias!

 

martes, 15 de septiembre de 2020

A paso de convidado.

Inclusive el cura paseaba de buena mañana oteando al rebaño desde los cerros cercanos al pueblo ataviado como un montañero con dos bastones y bien calzado. Detengo la máquina de pedalear y conversamos un rato desde la distancia preventiva. Le reconozco el impacto de estrella mediática alcanzado durante el confinamiento cuando oficiaba desde las redes. En un funeral, confiesa, se llenó el monasterio a tope -aunque virtualmente y desde rincones intrépidamente lejanos-. El dato deberá contrastarse con la confluencia en la liturgia de este domingo de fiesta mayor tan excepcional.

La fiesta mayor de Sant Joan de les Abadesses cae el segundo domingo de septiembre, próximo de la Diada. Son muchos los lugares que lo celebran por estas fechas que no necesariamente coinciden con algún santo patrón con especial predicamento en el pueblo. Otros, como Barcelona, ​​festejan la Mercè. El calendario agrario asociado a las cosechas, al granero lleno y a los cobertizos henchidos de heno para el invierno decidía celebrarlo cuando el trigo ya está en el silo. Fiestas de otoño con una despensa que causa deleite. Al abrigo de una mesa se glorificaba gastronómicamente la abundancia, el homenaje a los días de sol y serena, al sudor y a la incertidumbre por si el pedrisco, en un momento, lo arruinaba justo antes de recogerlo.

Este año una granizada vírica nos lo ha demolido todo. Sólo el repique de campanas anunciando el inicio de la fiesta sin músicos ni serenatas desde el campanario en el monasterio, y el partido de fútbol amistoso a puerta cerrada del Abadessenc contra el Banyoles (2-1) habrán sido los actos singulares de esta triste y deslucida edición. En las redes corría el chiste de Sant Wuhan de les Abadesses ilustrado con la imagen del magnífico puente viejo. Bien atinado, pero con un punto excesivamente sarcástico cuando se detectaron cinco brotes diferentes con una treintena de personas afectadas. El nubarrón negro y amenazador se ha despejado con el cribado efectuado a más de un tercio de la población en el que sólo se han detectado cinco casos positivos. Digamos que no ha granizado, pero ha perturbado lo previsto en la fiesta mayor de este año, los básicos gigantes y la danza tradicional.

Estos días las autoridades y las entidades de la baronial vila abadessenca han decidido sensatamente anularlo todo. Una determinación casi sin precedentes que se suma a la labor altruista de los centinelas de balcón y de los rastreadores de la imprudencia. Los árboles genealógicos de los pueblos los tienen estos caprichos ya que, entre otras virtudes, nos tenemos muy vistos y a todos nos han colgado un apodo.

Viviremos la fiesta sin la alegría compartida por el reencuentro. Celebraremos sin ir a paso de convidado, aunque vestidos para degustar el pato con peras al vino, este segundo domingo de septiembre desde la excepcionalidad y el consuelo, si es el caso, que estamos bien y con un pensamiento dedicado a aquellos que lo sufren desde el confinamiento contagiados de esperanza para que sanen prontamente.

Tampoco nos obsesionaremos por si llueve o hace un día desapacible, que estropeaba las audiciones matinales de sardanas en el Paseo y el ball de pabordes, a media tarde, en la Plaza Mayor. Nos ahorraremos el vértigo de los tiovivos y la magra exhibición con una escopeta de feria, el empacho de churros o tener que adoptar al peluche huérfano de la tómbola. Quien no se conforma es porque no quiere. Sin embargo, ¡buena fiesta mayor!

He continuado pedaleando mientras el repecho hacia la cumbre se vuelve pesado, casi heroico. Ha sido una mañana radiante en un ascenso para olvidar incertidumbres y excepcionalidades -como si este lunes tampoco comenzara el nuevo curso- y que, como en un final de cuento malo, la pandemia que nos ha acometido se hubiera tratado únicamente de un sueño.

¡Buen inicio de curso!