domingo, 31 de mayo de 2020

Cicatrices


Todo el mundo está de acuerdo, en decir que si hace unos meses nos hubieran anunciado como nos hemos de ver, no nos lo habríamos creído. Ciencia ficción de película mala. Una historia de la que formamos parte, en el mejor de los casos, como extras. Hay que evitar el protagonismo, compañeras. Los que tenemos una edad argumentamos que ya subsistimos, entonces, al confinamiento obligatorio del servicio militar. Una etapa que nos ponía a prueba en un ritual uniformado y que nos convertía en hombres -a las chicas no las licenciaban como mujeres con una hipoteca de tiempo tan formidable como aquella-. A algunos, que probamos la rabiosa contundencia de las armas en propia piel, aún lo recordamos más. No os contaré la experiencia ni os responderé a la pregunta morbosa de -¿Duele un tiro? 

Subsistí en el sentido más literal de la expresión. Con el tiempo casi me he olvidado de no ser por la cicatriz bélica en el brazo -como un pirata del XX- testimoniando que no se trata de una pesadilla que me he inventado para hacerme el interesante. Las cicatrices confieren cierto prestigio, como un sello epidérmico en el pasaporte de la vida que certifica como de peligrosa y arriesgadamente la biografía redacta el diario personal de cada uno. Me aventuraría a decir que los tatuajes son la versión cobarde, como de cromo coleccionable en color, de las costuras de verdad en la piel -Disculpad el puntito milhombres-. Algunas favorecen -que no es el caso-, como a Indiana Jones, el héroe invicto en múltiples e inverosímiles desafíos.

Ahora que se acercan San Juan y los estallidos pirotécnicos me vuelve a pasar por la cabeza como de insoportables eran aquellos perdigonazos festivos en el cielo veraniego durante la noche de las brujas. Han tenido que transcurrir muchas verbenas para volver a tolerar sin demasiados aspavientos ni excesiva inquietud el olor a la pólvora y el fulgor de los petardos. Este año, sin embargo, creo que los añoraré si la nueva normalidad aún nos machaca. 

El miedo nos hace tiritar el ánimo por la presencia de un peligro real o, lo que es peor, imaginario. El miedo cerval que nos paraliza por la aprensión a que cristalice algún mal o algo contrario a lo que esperamos. Los manuales de autoayuda para los de natural asustadizo afirman que el miedo es libre y que cada uno tomamos la ración que los autoservicios de consumo rápido nos ponen al alcance. Deberíamos dedicar esfuerzos y mucho sentido crítico a entender con qué intenciones gastronómicas nos quieren planificar algunas comidas y poner mucha distancia. ¡Cuidado con el colesterol malo y los azúcares refinados!

Sobrepasado el ecuador de la pandemia -¡que así sea! -, nos situamos en la latitud, según la carta de navegar mareas, donde tenemos que empezar a tirar por la borda el lastre del temor sobrepuesto que no tiene fundamento. Este es un reto cargado de cierta temeridad, recobrar sin dimitir de la responsabilidad personal, aquello con lo que disfrutábamos, esos pequeños detalles de la quincalla cotidiana que hoy apreciamos como grandes tesoros perdidos. Tendremos que aprender a cribar la emoción por los cohetes brillantes de la pirotecnia vírica.

Esta ha sido una semana de muchos fuegos de artificio y de gran alboroto más allá de la plaga que nos ocupa. Nada, no nos angustiemos. Yo estoy tranquilo, reconfortado por como todos los padres y alguna madrastra de la patria, casi sin excepción, gestionan este momento histórico. Qué ejercicio tan exquisito de maneras políticas -a destacar-, de generosidad y de acompañamiento más ejemplares. Todos a una sin reproches, apoyándose los unos en los otros ajenos a los intereses partidistas para que podamos sentirnos orgullosos y seguros de una acción de gobierno tan compleja -que lo es-. 

Nissan arruga las velas en el litoral catalán mientras la crisis afila con más contundencia las garras aunque se ha aprobado la renta mínima vital. Suben considerablemente los sueldos de las fuerzas de seguridad del Estado, de la Policía Nacional y de la Guardia Civil, con los militares agravados ya que se sienten mal pagados, olvidados y desairados, a la cola del reconocimiento porque ahora tocaría -por clamor popular- agradecerles la tarea a los del gremio de la sanidad, que ya advirtieron que los aplausos sin cesta se la traen fresca. Veremos cómo resuelven las prioridades. 

 Personalmente agradezco más el formato sin uniformes en las comparecencias informativas sobre el momento de la pandemia que el gobierno de la Moncloa ha recuperado. Lo asocio al psicoanálisis de andar por casa en alpargatas -como los petardos y el olor a pólvora- a cuando, entonces, me convocaron a un consejo de guerra.

Todo pasa y, afortunadamente, se supera. Que las cicatrices sean las mínimas evolucionando hacia el tatuaje para convertirse, finalmente, en pura calcomanía coloreada que se acabe borrando del todo con el tiempo.

lunes, 25 de mayo de 2020

La cosa peluda.


A mediados de febrero nos informaban de algunas medidas imaginativas para evitar el contagio por coronavirus. Una de ellas consistía en raparse el cabello, una solución que adoptaron varios médicos y enfermeras de la región de Wuhan, punto donde se originó la epidemia. Según el personal sanitario, la medida permitía colocarse las mascarillas de forma más rápida y ajustarlas mejor, evitando posibles contagios. Aparte, aseguraban que se reducía el riesgo de infección.

Esta semana nos alertan respecto de la pérdida de cabello ya que podría ser un indicador para prever la gravedad del Covid-19. Esta es la hipótesis que plantea un estudio realizado por investigadores -¿turcos?- detectando la alta frecuencia de alopecia androgenètica -relacionada con las hormonas sexuales masculinas y motivo de la pérdida de pelo más común- entre los pacientes masculinos hospitalizados.

Los calvos tendremos que tener mucho cuidado porque entre los maneras contradictorias de leer la relación entre el pelo, la cosa vírica -y la alegría, como hace la dicha-, deberíamos abstenernos, pues, a exponernos placenteramente por el riesgo a contraer la plaga con más ligereza. Es un agravio hormonal acosando al colectivo de los pelones que sólo se puede compensar por el impedimento evidente a tomarnos aún más el pelo. 

Superada la tragedia capilar que nos ha afectado estas semanas antes que las peluquerías abrieran, reconocidas como un servicio esencial en alguna fase del confinamiento -debería repasar los manuales con la rolliza normativa al respecto- la cosa peluda tiene un protagonismo al alza en la bolsa vital de la existencia. 

Los centros de interés oscilaron también por fases bien marcadas. La primera, la culpable de todos los males y la causante de este estado de prevención tan poco soportable, ha sido la vírica. Así que el miedo a contagiarse o a no curarse se ha hecho un lugar en la mesa, como un invitado habitual más, los dardos apuntan a la diana de los formidables efectos socioeconómicos, catastróficos, que la peste nos ha dejado. Se ha instalado a codazos en la mesa de algunas familias para devorarlo todo ávidamente. 

La tercera andanada mediática, por cansancio y reiteración de las anteriores, se dirige a aquellos aspectos colaterales que nos ha llevado la pandemia. Triunfan, estos días, los estudios sociológicos diversos respecto de los comportamientos y de las dinámicas que las circunstancias han impuesto, básicamente la reclusión. Ya he detectado en varios medios que dedican jugosos estudios a cómo el personal resuelve la "cosa peluda" y el gozo vital que conlleva a quien la cultiva.

La casuística se analiza desde las diferentes vertientes posibles. Si soportamos el trance solos. Si lo hacemos en pareja o si somos un congreso generacional conviviendo en un mismo espacio comprimido. La soledad resolvería la necesidad desde la práctica amanuense reescribiendo coloridas páginas sensuales que, generalmente, terminan felizmente. Nada nuevo bajo la capa del sol si no fuera por el efecto mancha de aceite con que las videoconferencias y las posibilidades tecnológicas -y profilácticas- nos han salpicado. Las últimas novedades, vinculadas a la conectividad sin cables -ni pareja-, tienen mucha demanda. Se habrían disparado los juguetes sexuales unipersonales que se activan e interaccionan desde la lejanía, en las antípodas. ¡Un estallido innovador respecto de la superada artesanía tradicional!

El capítulo que analiza el mundo de la pareja se concreta en un repertorio de recursos variados y de posicionamientos innovadores o ya ensayados que tendremos que analizar desde los indicadores de resultados que se deriven. Uno será el porcentaje de rupturas en la pareja. Si este se impone tendremos que confirmar que el antídoto más poderoso contra el arrebato pasional es la convivencia a jornada completa, que no la habría salvado ni un concurso de apareamiento de calcetines en guerrilla. Al contrario, el indicador opuesto medirá el porcentaje de la alegría conyugal destilado en un nuevo baby boom -el de la pandemia-. Paso por alto los índices térmicos de la calidez corporal en los núcleos de convivencia estrujada.

Podríamos concluir que esto del artefacto piloso es como un masterchef donde cada uno guisa según los ingredientes y las aptitudes culinarias de que dispone. Las manos y el amor por la cocina son fundamentales. Con el justo aderezo para que los rituales imprescindibles como el punto de cocción y la disposición de la mesa no nos rompan el plato ni nos chamusquen las viandas.

¡Alerta, porque la cosa peluda tiene fecha de caducidad; dentro de cien años, todos calvos!

viernes, 15 de mayo de 2020

No es lo que parece, señor.


Hoy he vivido algo extraordinario. Un episodio que recuerdas durante mucho tiempo, de los que sitúas en una fecha y que propicia esa pregunta retórica de dónde estábamos el día que sucedió aquello que incorporamos en la biografía como una anécdota fundamental, un hito existencial de los que podremos explicar porque no hemos sido, afortunadamente, una de las víctimas. Un evento que colgamos en el catálogo de las ocurrencias con que castigar a los niños del día de mañana cuando todo amarillea en la memoria de los calendarios caducados. ¡Pues sí, una aventura! 

He puesto los pies en la calle y me han acogido la acera, el semáforo perezoso de la esquina guiñándome el ojo y la extraordinaria calma que respira la ciudad. Una Barcelona inédita con una alfombra de polen -como de confeti vegetal- de los plátanos coronados por verdura lozana ejerciendo de contrapunto a la ausencia de multitudes en un paisaje extraordinariamente silencioso. Avenidas y plazas parecía que querían reponerse del sopor causado por una noche imposible de verbena sin cohetes. Raro.

Aceras anchas liberadas de turistas. Establecimientos mayoritariamente cerrados con alguno medio abierto en una sospechosa legalidad absuelta por el deseo de esta normalidad que no acaba de llegar. Con la ciudad sin el rodar trepidante de las maletas viajeras, sin los inefables transeúntes ocasionales y sin las llamativas barricadas humanas que provocan, las selfies han perdido a los protagonistas mientras los monumentos, con el amor propio perjudicado, persisten atacados de añoranza. 

Tan raro como que te sirvan un cortado sin derecho a barra. De pie y agradecido desplegamos el mapa incierto -como unos turistas más de viaje por la nueva normalidad- de lo que mudará en una renovada complicidad con el camarero de siempre que contempla las mesas sobrantes con la misma melancolía que los monumentos contemplan el vacío de las calles. ¡Con incertidumbre! 

Un perro, que pasea desde la distancia prudente, me rastrea arrastrando al dueño. Un ciclista -o una, con la mascarilla y el casco no me atrevo a ser exacto- me abuchea porque he cruzado el carril sin mirar. Me disculpo. Los municipales, desconsolados por lo que solían, ya no otean vehículos. Se han reconvertido en adivinar peatones descolocados, perdidos en una franja que no les corresponde. El hecho de caminar te hace, como mínimo, sospechoso cuando no transgresor. Pongo cara de persona formal, sin detenerme y sin querer levantar sospechas sigo mi camino. En circunstancias normales me hubiera entretenido en cualquier escaparate haciéndome el sueco, pero este recurso ya no me asiste. Con cierto sentimiento de culpabilidad juego al gato y al ratón con los agentes del orden, cambio de acera y procuro que no recelen. Respiro y aflojo el ritmo así que consigo deshacerme de ellos en una hábil maniobra de esquina.

Como os decía, ¡una aventura! Se me acelera el pulso con desazón adolescente. Como si te desplazaras con mucha precaución hacia un encuentro secreto y pasional donde desahogar los abrazos virtuales que nos hemos prometido con un punto de infidelidad inconfesable y, al mismo tiempo, temeraria que empapa el momento con mucha adrenalina ya que la pareja -de municipales- te puede pillar más que fuera de la franja horaria, ubicado en un lugar donde no estás empadronado. ¡Qué trance! Me arrepiento de no haberme camuflado más con el contexto, de no disponer de un chucho de los que no tiran demasiado de la correa, de no ir vestido para la ocasión con mallas y zapatillas sudadas. Prometo enmendarme. 

Todas estas emociones y más se han juntado en este inicio de desconfinamiento -que no de liberación- de la clausura doméstica. Después de dos meses cumplidos esta mañana he reemprendido el camino hacia el trabajo. Ha sido como si fuera la primera vez y tan decepcionante como suelen ser las primeras ocasiones. He ido a recoger el ordenador profesional en el despacho que me ha de permitir ciertas filigranas administrativas que tenía vetadas desde el aparato personal.

En la oficina, el alboroto es ahora quietud inusitada. Pasillos solitarios, mesas despobladas, teléfonos mudos en un mundo silencioso que se rompe cuando la alarma comienza a aullar escandalosamente e implacablemente. A pesar de haber pedido permiso, mi entrada en la planta ha sido descubierta. Y me han sorprendido con un ordenador debajo del brazo, no los municipales sino un guarda de seguridad que estaba al tanto -¡Te he pillado! -ha dicho con simpatía socarrona. Ya presentía yo que la aventura no acabaría bien -No es lo que parece, señor... -he murmurado avergonzado. Lo hemos dejado estar aquí sin más explicaciones que no sea un compromiso, -¡No lo volveré a hacer!

 En el mundo exterior, más allá de los límites municipales, provincianos o de región sanitaria, la vida sigue su curso. En Badalona, ​​por ejemplo, el puente del petróleo continúa con serias averías estructurales y consistoriales. 

En el mundo local -el de la vida doméstica de pasillo- hoy ha llamado la médico del CAP para darnos el pésame por la pérdida de la abuela. Un detalle humano que habla de los tragos que sufren los profesionales de la salud. Ha sido un pésame sentido que, gracias a los dioses, no era necesario porque la Montserrat, la suegra, a pesar de cumplir noventa años sólo ha dimitido del juego de las sillas por razones obvias. Sigue viva y en muy buen estado, más aún después de la sesión de peluquería. La doctora también se ha alegrado -mucho- por la confusión y por la metedura de pata en el recuento. Problemas en la preinscripción celestial, digamos. También se les debe haber colapsado la aplicación. Ella está bien, en forma y sin preocupaciones existenciales, sólo ha canjeado las misas diarias por los agradecimientos fervorosos de cada tarde a los del gremio de la sanidad, auténticas divinidades. Hoy con más fundamento, si fuera necesario, porque ha vuelto a resucitar a pesar de los quebraderos de cabeza que le asaltan a estas alturas por si la habrán borrado de la lista de pensionistas en activo. ¡Larga vida!

La gaceta del confinamiento continúa con un episodio solidario de proximidad más. Dos muchachos estudiantes de música en la ESMUC cumplían el arresto enfrente de la calle hasta hace poco, ya que han regresado a casa por las circunstancias. Uno era andaluz y pianista, el otro percusionista y de Terrassa. Cada noche nos dedicaban una pieza de los Beatles desde la profesionalidad y el coraje joven que los caracteriza. Yo les tengo envidia de la buena a ambos, por la disciplina y por el dominio del lenguaje musical -y por los bíceps del de las cazuelas con que practicaba a falta de tambores-. La abuela Montserrat, la suegra, les tenía el corazón robado, tanto que por Santa Montserrat le dedicaron el concierto puntual de las ocho de la tarde. Y el pianista le redactó también un poema entrañable que dejó en el buzón el día que se despedían. Ya nos habían cedido dos plantas para que cuidemos de ellas hasta que el mundo de la solfa recupere la nueva normalidad, los arpegios y la armonía de siempre. Plantas de piso de estudiantes sufridas que antes de trasplantar liberé de la mascarilla, de los guantes y de los ensayos. Ahora respiran. 

¡Salud!