Decidir
es complicado e ingrato. Tomar una determinación implica que una parte de los
determinados estén a favor mientras la otra se pone de culo. En medio hay quien
no sabe o no contesta por falta de criterio o por no mojarse precisamente la
retaguardia. Estos días navideños cuando el fulgor festivo ya nos deslumbra,
como en cada edición, la Sra. Colau ha tenido que resolver algo muy delicado,
el belén de la ciudad, el de la Plaza Sant Jaume.
Ardua
tarea sin consecuencias graves, afortunadamente. Comporta un dolor de cabeza
estacional en la gestión a los representantes municipales de todas las comarcas
que compiten durante el ciclo navideño para iluminar con gracia las plazas
mayores y las calles comerciales más emblemáticas. Una actuación de corta duración
-a diferencia de las obstinadas rotondas- bajo unas normas prefijadas y con una
estética pautada en la que las luces, su parpadeo y el caganer son elementos intocables ya que los cánones de la estética
navideña tienen unas reglas muy estrictas.
En
muchas localidades el espíritu navideño hiberna en los almacenes municipales y
sólo hay que cepillarle la caspa al paje real, repintar la estrella de oriente
y peinar a los camellos. Pero las ciudades presumidas -y con presupuesto- deben
sorprender a base de innovación. Así es como se establece una especie de
carrera para eclipsar la luna de diciembre por ejercer de referente y ser la envidia
de las ciudades pobretonas. Vigo, Madrid y Nueva York -por este orden- este año
se llevan la palma. Cuentan que en Vigo la nieve caerá sincronizada con los
semáforos a ritmo de un villancico bien alegre. ¡Ding, dang, dong!
En
Barcelona la luminaria ha llegado considerablemente más tarde, pero tan
fulgurante como la vigorosa navidad gallega y con una bonanza a confirmar por
Tomás Molina y colegas respecto de las adversas nevadas en el área barcelonesa.
¡La nieve, por favor, en las estaciones de esquí y en la montaña!
En este
contexto debe entenderse como la Sra. Colau lo ha tenido muy peliagudo a la
hora de elegir el proyecto más alegórico y expuesto, el pesebre de Sant Jaume.
Una especie de performance inspirada en la tradición religiosa cristiana que
también debe proponer un guiño a los incrédulos o a los desafectos a la causa
consumista navideña que pasean la ciudad. Difícil, pues, instalar este
monumento temporal cargado de nostalgia subliminal que nos evoca la infancia y
los años en los que aún creíamos en el tió
y en la monarquía mágica de oriente.
Esperar
que el pesebre barcelonés no levante controversia rompería las expectativas y
con la tradición de las últimas navidades. Y así ha sido. La descarga artística
en el epicentro de la plaza de Sant Jaume no tiene nada que envidiar respecto
de las bolas gigantes que dan tumbos en algunas ciudades a pesar de que una
parte significativa de los vecinos se haya sorprendido por la decepcionante
montaña de bártulos descatalogados amontonados en doble fila en una acera -junto
a un contenedor sin quemar- mientras no llega el camión de mudanzas -o el del desecho-
con destino a los Encantes. Un montaje grosero, una estiba de retazos tras la
batalla campal a causa de un desahucio. Abramos las orejas entre la multitud
que lo quiere ver y retratar en vivo y en directo. ¡Fum, fum, fum!
Personalmente
no le haré el juego a la Sra. Colau. A mí, el pesebre de este año, no me ha
sorprendido, tampoco me ha ofendido ni me ha sacudido las fibras sensibles que
no se han decantado en un sentido o en el otro. Digamos que la provocación
pierde fuelle con la reiteración. En esta edición quizá tocaba -eso sí que
habría sido un campanazo- un pesebre de los de toda la vida con un caganer viviente en la esquina como
único elemento transgresor.
El
montaje de la escenógrafa que lo ha ideado se me hace entrañable. Rincones que
quieren perfumar la atmósfera con recuerdos. Cómodas con un fondo de armario
llenas de nostalgia que tenemos que volver a reconocer. Ingenioso. Habrá que visitarlo
otra vez cuando la memoria, como la noche navideña, se ilumine. De
oscuro.
¡Buena
entrada a las Navidades!