jueves, 14 de noviembre de 2013

Amojamar



(A los pescadores gallegos. Un pasacalle fastuoso para marineros desahuciados. Noviembre 2002)


            Un chapoteo pastoso y sordo de olas venía cargado de malos augurios. Se miró las manos de marino curtido. Eran cartas de navegar rajadas, palas de remo resquebrajadas y ásperas como las lonas de la barca del viejo. Cerró los ojos por no delatar la tristeza. Apretó los dientes para no gritar… Y sujetó los puños para no arremeter.
Una gaviota atrapada era el testigo exánime del momento. El pájaro marinero estaba macerándose en vida y el olor era el del mismo infierno. Las olas venían calladas, sin alegría. Espesas y sin la arrogancia del azul vida que siempre habían tenido. El mar era la panza de un rugoso cetáceo gigante que respiraba asmático. Agua ajada de piel de elefante enfermizo. Hedor, muerte y rabia. No podía ser, aquello era una pesadilla.
Porque en las noches de mal dormir su peor congoja era que se asfixiaba en el océano y era pasto de los congrios o de las nécoras. Un agujero en la quilla y en un instante la salazón licuada del mar le amojamaba en salmuera para la eternidad. Se despertaba abotargado con las pupilas yodadas y la razón plagadita de algas trepadoras. Helechos marinos que ascendían triunfales por las patas del camastro. Horroroso.
De todos conocido cómo flotaban y cómo venían de maltrechos los cadáveres que el mar en masculino arroja a la costa. Acorchados y rellenos de centollos carnívoros que se entretenían en conciertos para costillar mondo y lirondo. Y los más que traían las calaveras con las cuencas deshabitadas y el pelo enredado entre rollizos camarones. Esas eran infantiles desazones…
Contaba el abuelo, que en gloria esté, que él en persona a golpes de remo se las vio con un pulpo que era capaz de estrujar la barca y llevarla a los reinos sumergidos del dios Neptuno con vela, palo mayor y aparejos… Todo, él incluido con su caja de anzuelos para el arte del palangre.
¡Ah, el mar! A la mar no hay quien la pueda, hijo. Y dicho esto repetía una y otra vez la historia del pulpo gigante y el remo. A veces se le olvidaban detalles y otras se permitía cambiarle algunos pormenores. Según el día y el público. Lo invariable era la envergadura terrible del cefalópodo, que en llegando a la descripción de semejante monstruo de las profundidades abría los brazos y respiraba hondo, como un enorme pez luna, un cachalote de los grandes o más, según.
Era un chapoteo pastoso de textura viscosa. Un mar fétido como las entrañas podridas de los muertos que arrima a los acantilados. Un mar tullido, inerte que topaba a cabezazos opacos en el litoral rocoso. Un mar que ya no era mar.
Se regodeaba el viejo, entre el aguardiente y la manera de caminar a tumbos, tal que aún estaba al timón de la barca, dando bandazos locuaces propicios para provocar pesadillas a las criaturas. Audiencia ávida de pulpo gigante con grelos. Y el abuelo no tenía empacho en exagerar. Metros y metros de tentáculos, que si a uno de ellos se le antojaba –el abuelo desplegaba los brazos y subía el tono de voz ,- impedía la pesca por la ría. ¡Qué miedo! Y los rapaces hechos un ovillo se apretujaban por si se abría súbitamente la puerta de la taberna y aparecía semejante alimaña con sus brazos infinitos de ventosas como platos.
Porque el mar era vida, era misterio, era el azul irisado, eran gaviotas y, por encima de todo, su trabajo y el medio de subsistencia desde que se perdía la memoria en los tiempos de los pulpos gigantes del abuelo. La madre mar en femenino que cobijaba, rugía y, a veces, engullía a sus hijos, un tributo que invariablemente se cobraba sembrando de viudas el litoral. Costa de la muerte o fin del mundo. Lo mismo da.
Un chapoteo triste, de canción para el olvido. De nota fúnebre. Tenía un nudo en la garganta, un tapón que contenía toda la rabia. Sólo impotencia porque los hombres no lloran. O eso decían. Las piernas le rilaban y no acertó a gritar, emitió una especie de quejido hondo que el puto chapoteo integró en el crepúsculo del día. Decorado para el ocaso.
Se sentó en la piedra del abuelo, desde donde jugaban a adivinar los destinos de los buques con rumbo a América. El abuelo le tomaba el pelo con que si entornaba los párpados podría vislumbrar los pañuelos de los que se marchaban. Sacudidas blancas de morriña ondeando en el horizonte aventurero.
Donde se acaba la tierra, el mundo, al filo del océano. Allí donde un precipicio cae en picado y existe un corte a cincel, hay –decían, ya no el abuelo sino el maestro- un formidable hoyo habitado por atlantes y monstruos de peor calaña que los pulpos desmesurados. Recto por donde se pone el sol –y el atardecer está siendo gélido y otoñal- existe el infierno de los piratas lisiados y marineros en pecado, el lugar a donde van a parar los cadáveres que el océano no devuelve. Un bache abrupto en la línea del horizonte por el que se despeñaban los osados exploradores de tierras nuevas. Sostienen que hay un continente bajo el mar con los peores martirios y las mayores penitencias que se puedan relatar. Tierra de nadie que no conoce de purgatorios donde las liturgias no sirven y a la cual las meigas no tienen acceso. Un lugar habitado por todas las naves que la furia machorra de la tempestad se ha tragado.
Pero la corriente venía escoltada por un chapoteo pastoso y sordo de olas cabezonas cargadas de viles augurios nunca vistos.
Todo un negro cortejo fúnebre. 

sábado, 13 de abril de 2013

Fumando espero.



El cuplé está de luto. Sara Montiel nos ha dejado. También ha muerto Margaret Thatcher. Aunque las esquelas y las necrológicas permiten establecer índices fiables de paridad de género sin discriminaciones, hoy la parca -la de la guadaña- ha decidido llevarse por delante a dos señoras referentes. Una artista y una líder política. Es obvio que ambas destacaban en campos y actividades muy diferentes.

Me duele la desaparición de cualquier ser humano, pero Margaret no me alteraba las fibras sensibles. No la guardo en ninguna capillita de la adolescencia. Más bien me atemorizaba. En cambio, a Sara, Sarita, sí la llevo incorporada desde la época que ahora se nos va diluyendo en las efemérides. Sara. No necesitaba más atributos para identificarla que los que aportaba a las pantallas de los cines míticos de doble sesión con el NO-DO adosado.

Aquel rostro numismático y estático deslumbraba el país del 1957 con El último cuplé. Los de mi generación llegamos a este mundo cuando ella ya era una estrella rutilante del cine. Después nos enseñó cómo se debe fumar. Sara era una boquilla larga como sus pestañas con un cigarrillo destilando pecado de pensamiento y/o acción que había que confesar. La Montiel era una señora neumática y voluptuosa como el humo que la envolvía lujuriosamente. No era actriz, no se sabía mover en escena, no tenía el don del discurso, fue analfabeta y, quizás, era miope como las rubias americanas con quien competía. Sara se convirtió en la Ava Gardner de la Mancha triunfando en Hollywood. Una especie de embajadora cervantina en la España de la posguerra que no exportaba nada tan vistoso.

Recostada en una cheslong era el diablo personificado. Cuántos no iremos al cielo por su culpa. Fatal señorona a quien la intelectualidad abría las puertas como a una musa carnal. Estatua bien puesta y espejo de deseo. La sedujo el gallito de Hemingway mientras la viciaba para la eternidad a base de puros de los buenos. Una perversión que cultivó hasta que importó un cubano auténtico en persona para que le encendiera aquellos cigarros tan poco femeninos.

Sara. Genio y figura. Hábil para ocultar la edad y hacernos creer que los años no pasan por el celuloide ni por la vida real. No es día para cuestionarle los años de verdad porque es un icono universal. Porque es la banda sonora de las mujeres que aún fregaban los suelos arrodilladas y no osaban prender un cigarrillo estadounidense sin filtro.

En una ocasión el maestro Fernando Lázaro Carreter me confesó que lo habían situado en una cena junto a Sara. Aquella fotografía, con la Sarita -como él la llamaba- le hizo famoso vía papel satinado en blanco y negro. Una Sara que practicaba -según el lingüista- el registro de las estarletes que salpican los discursos de "como muy" poco afortunados. Para las famosas, las no tanto famosas y las aspirantes a famosas aún hoy en día, en su particular libro de estilo locuaz, abundan estos "como muy" que disparan a cualquier respuesta.

Sara era, pues, como muy deseada. Una mujer con mucha mundología, una palabra de la época que se refería a aquellos -o aquellas- que habían viajado más allá de Andorra a comprar azúcar y queso de importación. Una marginal del contexto que caminaba unas cuantas zancadas avanzada. Con los hombres, con el humo, con Cuba. Y con la biografía que supo forjar desde una falta de cultura abrumadora. De niña bonita e ignorante a mujer inteligente que se administró a sí misma con excesos que la memoria podrá perdonar. ¡Olvidemos al cubano!

Esta abanderada de la liberación -no confundirlo con el liberalismo tatcheriano- nos deja también un testamento político a su manera. En su momento declaró que Aznar "no tenía ni medio polvo". Lo arregló como muy pudo, retractándose y afirmando que era un despropósito. A ella le sirvió para no pronunciarse más políticamente. Y a Aznar –aunque esté por confirmar- para inaugurar la manía atlética que lo consume.

¡Descansa en paz, Sara! Seguro que en las terrazas celestiales todavía está permitido liar uno de papel.