miércoles, 20 de diciembre de 2023

El tió. Un cuento de Navidad.

 

(Basado en un caso real)

Todo empezó cuando descubrió que el tió tenía vida propia. Me explico, no sólo se zampaba las galletas, magdalenas o las migajas del turrón que le arrimaban cada noche siguiendo el manual de la inocencia infantil, sino que acercándolo al oído se percibía un rumor interior que le puso en alerta. La primera medida consistió en mantenerlo a dieta un par días, no sea que ese rac-rac sordo tuviera que ver con una mala digestión o con un empacho de golosinas. De ahí que también lo desterrara a la galería previniendo una plaga de termitas voraces que pudieran asaltar el parqué o las estructuras del sofá nuevo muy cercano donde el tió tenía emplazado el campamento navideño. Había que observar aquel comportamiento extraño y tomar las medidas que correspondieran. Así se hizo.

No tenía constancia de algo tan insólito como lo que padecía el tió de este año. Era algo que le preocupaba porque a ojos de la criatura, que lo consideraba mágico de verdad, no entendía aquel ayuno impuesto por su padre como un castigo no merecido. Éste tuvo que explicarse mucho con detalles que iban más allá de las virtudes que tradicionalmente se atribuyen al tió. Sentó al hijo en el sofá, uno de esos momentos trascendentales que corresponden como cuando un chucho muy mayor, cargado de achaques diversos, y debe hacerse entender a un niño de cuatro años que el animalito se ha ido al cielo de los perros eternos esquina con el veterinario.

Con las lágrimas columpiándose cercanas a despeñarse mejilla abajo, el hijo adoptó una de esas actitudes que rompen el corazón a los padres sensibles -¡Padre, que no cagará nada! -se lamentó contrariado por las medidas adoptadas. El tió permanecía en el balcón exterior rodeado de plantas invernando, mustias y tristonas en cuarentena preventiva. Discriminado, fuera de contexto y del brillo que, como es natural, debe tener su hábitat como protagonista de las fiestas de adviento.

Este hecho insólito que padre e hijo auscultaban a menudo, el latir del tronco, les tenía desconcertados. Más al padre, evidentemente, ya que para el niño formaba parte de la magia innata con la que vienen equipados los tions de fábrica que afianzaba su rechazo a tenerlo sin cobijo a la intemperie. Por eso, al uniforme habitual, una mantita para taparlo, sobrepuso su abrigo, la bufanda y una gorra de lana para mantenerlo lo más caliente posible.

Raro lo era, podríamos decir que excepcional. Un tió que habían comprado en las ferias de Santa Llúcia, junto a la explanada de la catedral en la parada de siempre -de confianza- donde mercadearon el ramo de muérdago y ese tió porque había que renovarlo, la criatura todavía creía -como la tradición manda - que este tipo de troncos deben quemarse una vez han hecho su servidumbre. El sobresalto, para los padres, aconteció a causa de los cuidados del niño y por cómo lo sostenía como si se tratara de un teléfono móvil con conexión inalámbrica a la ingenuidad. Algo que les puso en alerta hasta comprobar que el tió de este año estaba vivo, respiraba compasadamente con un crujido de madera que le salía del corazón.

Al niño ya le habían advertido que el tió suele cagar regalos al por menor, los gordos los traen los reyes de Oriente. Tenía asumido, pues, que este trozo de tronco con ojos, una sonrisa traviesa y barretina sólo les dejaría golosinas, turrones, mandarinas -un antojo del padre que lo trasponía a su infancia- y algo útil -la otra manía de la abuela que no estaba por demasiadas fantasías- como unos guantes o una bufanda nuevos.

Todo un misterio, con los días descartaron las carcomas que mordisquean la madera porque no había serrín en el plato donde cada noche, pese a la condena a las inclemencias, le iban atiborrando. Al padre, le atrapó un ataque de fe a ese cachivache -o de duda-, que le llevó a reconsiderar la pena a la que le había sometido. Determinó hacer feliz al hijo y al tió, por si acaso. Volvió el tió al lugar que le correspondía, junto a la lumbre de haber existido en ese piso de ciudad. Qué gozo, qué alegría de ver que todo el mundo, el tió también, había recuperado el espíritu navideño aunque se trate de una artimaña con buenas intenciones.

-¡Padre, padre! El niño brinca inquieto y hechizado por el milagro. Al tió le han florecido dos ramitas con hojas pequeñas que vienen a confirmar la vitalidad resucitada y mágica de esta fábrica de sueños que representa el tió. Papá se lo acercó al oído, ya no palpitaba. Algo que le tranquilizó si no fuera por el nuevo temor que le asaltaba. Este año el tió, en un acto de venganza, sólo le cagaría carbón.

¡Feliz Navidad!

domingo, 10 de diciembre de 2023

Informe PISA.

 

Hay días que nos sacuden porque una noticia nos desconcierta y nos pone frente al espejo. La publicación de los resultados últimos de las pruebas internacionales que pretenden analizar las enseñanzas secundarias obligatorias de unos ochenta países del mundo ha sido un desastre. Los peores resultados de la historia, sin matices y con letras grandes de gran titular en cinco columnas. Es la noticia del día de aquellas que crean alarma social. Proliferan los profetas del día siguiente y los que tienen la solución fácil e inmediata. La complejidad y el impacto tienen que ver con un material muy sensible, los alumnos. Cómo los motivamos, cómo los enseñamos y los educamos con sentido crítico para que puedan alcanzar los desafíos sociales y profesionales a los que deberían llegar con suficiente competencia y autonomía para decidir es la gran pregunta.

¿Qué ha pasado? Algunos que hemos formado parte de este gremio, el de la enseñanza o de la educación -como se prefiera-, pensamos que después de tantos años empeñados en cómo mejorar la formación de los alumnos consiguiendo aquellos objetivos que se pretendan, si hubiéramos encontrado la respuesta, nos habríamos aferrado a ella para tener la certeza de que transitábamos por el carril correcto. La volatilidad de las leyes que regulan la enseñanza y los golpes de volante repentinos son una prueba de que no hemos tenido ni tenemos la solución o que otros efectos colaterales interfieren en ello. Desde 1980 ha habido ocho leyes de educación. Desde la Ley Moyano de 1857 hasta la guerra civil la regulación de la instrucción pública tenía la consistencia de una pompa de jabón. Algunas eran un bluf legal de vigencia brevísima dependiendo del color del gobierno de turno.

Puesto que hablamos de la raíz, las leyes, nada nuevo, pues, en el panorama político más reciente. Sentir la oposición de turno anunciar inmediatamente a la aprobación de una nueva -una más- ley de educación que la derogará en cuanto vuelva a tener la sartén por el mango es algo predecible. Lo dicen enfurecidos sin rubor convencidos de la verdad absoluta. ¿Es posible que la mayoría de partidos políticos lleguen a acordar una ley marco suficientemente flexible y duradera que permita sentirse cómodos mande quien mande? Constato otro hecho relacionado con el anterior, a pesar de que el gobierno sea del mismo color, la tentación recurrente de algunos ministros y consejeros de turno a introducir novedades o revoluciones pedagógicas para dejar su impronta personal. Esta vaporosidad legal se convertiría en una anécdota si no incidiera en el desconcertante trabajo al que deben someterse los profesores en el aula. De rebote -insisto- el material sensible, los alumnos son el objeto.

Respecto del caso que nos ocupa, las pruebas PISA en el safari de estos días buscando a los culpables, no han sido cuestionadas porque, con todos los defectos que se puedan detectar, hacen las mismas preguntas a los alumnos de la misma edad y son externas. Esto significa que los profesores presentes en el momento de la prueba y que las corrigen son ajenos, nada tienen que ver con la escuela donde se realiza cada examen. Son el mismo instrumento para todos, miden y homologan los resultados puntuales que se obtienen y permiten realizar un histórico para hacer comparativas desde que se establecieron en los países que se han acogido a él. No se hacen públicos los rankings, tampoco los resultados obtenidos por el alumno inciden en la nota personal. Desde la vertiente pedagógica representan un puñetazo a la evaluación continua, de hecho no sirven para el seguimiento permanente de los alumnos individualmente. Permiten evaluar al grupo y a cada centro. Los resultados en su globalidad se convierten en una fotografía del país y en este caso de Cataluña.

En la cacería de los posibles motivos -como si pudiéramos deconstruir la foto final- se han apuntado factores diversos que inciden en ellos. La pandemia, que también ha sido sufrida en todas partes y se ha gestionado a menudo con más voluntad que eficiencia. El desconcierto, la incertidumbre, la novedad de administrar con urgencia la no presencialidad comportaron esfuerzos titánicos de todos los implicados que no siempre llegaron a parte del alumnado, mayoritariamente a los pobres. Según las encuestas de condiciones de vida de 2022, el 27,5% de los niños y adolescentes en Catalunya están en riesgo de pobreza -o viven en ella-. La pobreza y la pandemia aliándose contra unos 378.000 niños y niñas según la citada encuesta. Otro fotograma que se suma al panorama es el porcentaje de alumnos de origen migrante que casi se ha doblado en una década, lo que hace que Catalunya sea la comunidad con más alumnos de origen extranjero si exceptuamos a Melilla. La gestión de estos colectivos es extremadamente delicada, considero que, resultados académicos aparte, la acogida ha sido exquisita.

Hay centros, los que gestionan complejidades desorbitadas, que deben ejercer la asistencia social y el acompañamiento a las familias conscientes de unas prioridades que a menudo sobrepasan los resultados en matemáticas. Y deben trabajar un porcentaje muy elevado de casos y problemas diferentes que participan del concepto que hace daño a las orejas y de oír, la guetización de determinados centros. Sólo demoliendo algunos centros de determinados barrios para construirlos nuevos en las zonas privilegiadas mezclando alumnos -un supuesto inviable- se podría solucionar.

Catalunya dispone de una potente red de enseñanza concertada y privada que solucionó la papeleta a la falta de vacantes durante las oleadas migratorias internas de mediados del siglo pasado. Volviéndonos a centrar en lo que nos ocupa, nos podríamos preguntar ¿por qué la concertada obtiene mejores resultados? Cuántos alumnos -vulnerables los llaman ahora- se matriculan a pesar de que la enseñanza es gratuita por ley, no así los servicios y las extraescolares que ofrezcan. Cuando por necesidades de escolarización alguno de estos alumnos es asignado a determinados centros concertados, a menudo tanto el alumno como la familia se sienten fuera del contexto social. El uniforme escolar, unas zapatillas de marca o la imposibilidad de poder asistir a la semana blanca son una factura que no pueden asumir como las cuotas “voluntarias” que algunas instituciones concertadas les exigen obstinadamente. Por eso el gueto puede representar una especie de zona de confort que les ahorra presión, miedo o ansiedad. Dándole la vuelta al argumento podríamos decir que algunos centros también son guetos de la comunidad acomodada. Que conste que existen algunas concertadas que los acogen y los acompañan, a ellos y a las familias, espléndidamente con mucho esmero.

Los centros saben, tienen bien calibrado, el porcentaje que representa en las pruebas un solo alumno significado o bien por la excelencia o bien por las carencias que tienen bien detectadas. La enseñanza obligatoria es esto, todas las personas -todas- están obligadas de los seis a los dieciséis años a permanecer escolarizadas. No vale que un niño sea indultado porque no tiene cabeza para estudiar. Las últimas ediciones de las pruebas PISA especifican el porcentaje de alumnos matriculados en un curso que la han realizado. No se pueden justificar las ausencias sospechosas de los alumnos que -bien lo saben los centros- rebajarán significativamente el porcentaje. Sin embargo, los centros pueden analizar los resultados con independencia de los casos más flagrantes.

Como las pruebas ponen en la diana informativa, al menos unos días o un rato en el telediario, los centros de enseñanza también deberemos fijarnos en los tres sectores que están representados en los Consejos Escolares, padres, profesores y alumnos. El misterio de la santísima trinidad pedagógica a quien estos días el aspersor de la actualidad ha empapado sobradamente con soluciones, pareceres y descalificaciones que volaban bajo como pájaros agoreros.

Cada casa es un mundo cuando no hay dos o tres –o medio en el caso de la familia monoparental–. ¡Padres y madres! ¡Tíos y abuelas! Hay casos en los que encontrar a alguien que responda a una llamada es todo un proceso paciente y abrumador. Tanto como atender a aquellos que insistentemente reclaman la atención de la tutora o de la dirección, los omnipresentes en las salidas de clase con el dedo levantado y un bocadillo olvidado. El papel idílico de las familias apoyando a los profesionales, siendo corresponsables positivos y objetivos, en la educación -y si fuera posible- en la enseñanza de los hijos. Gregorio Luri, atribuyéndolo al papel de los padres insistía en caliente, nada más salir a la luz la noticia, de que “la sobreprotección es un pecado general”. Que los niños de hoy no van a ninguna parte sin la estricta supervisión de un adulto, algo que impide que los niños se enfrenten a la realidad. Yo rompería una lanza en contra del intrusismo pedagógico de algunos padres y a favor del profesorado. Dejemos hacer a quien entiende, respetémosles valorándolos.

Nunca en público he empleado la palabra vocación. Es de esas palabras o conceptos descatalogados -vintage-. Sí que en muchas ocasiones he preguntado a alguien nuevo, recién incorporado al sistema, si le gusta la profesión. Nadie me ha confesado lo contrario aunque su preferencia inconfesable consistiera en ser astronauta. Qué condena más terrible ejercer una profesión que no te guste. Y debe gustarte mucho para ser capaz de soportar una hora sin poder salir del aula bajo ningún concepto aunque caigan chuzos de punta o aterricen aeronaves de papel. De mi experiencia personal puedo afirmar que los alumnos también son personitas y suelen, en general, tratarte como tú lo haces. En una tropa grosso modo de cien mil unidades, el contingente también es diverso. Hay de todo como en la viña del Señor, desafortunadamente los que rechinan son pocos y contados, pero muy significados. Curiosamente es un ejército al que suele reclutarse sin verle la cara y que a excepción de los inicios, ejerciendo ya como profesionales, no se evalúa ni se realiza un seguimiento periódico que comporte una formación pertinente y sostenida. 

En la pública, en el perfil de un profesional confluyen tres vertientes, la de trabajador susceptible de estar afiliado a un sindicato, la de funcionario y la de pedagogo. A saber qué pata pesa más. Obviamente parecería que debería imponerse la del pedagogo con vocación, pero puede ocurrir que esta condición acabe haciendo esquinas por las dinámicas perversas de los horarios, por ejemplo. Estos días en las redes no han faltado aquellos que los acusan de poco trabajadores, absentistas, culpables, en definitiva del fracaso y del poco nivel alcanzado. Algo que contrasta con la dedicación, el prestigio y el cariño que muchos -muchísimos- consagran y muchos alumnos reconocen. Esta profesión, como otras, no tiene un manual que nos permita subsistir con éxito y para el éxito escolar, depende de esa máxima que cada maestrillo tiene su librillo. Los recursos propios, la empatía, la capacidad para animar a un auditorio disperso dependen de componentes personales que para compartirlos es necesario un trabajo en equipo firme que no siempre se practica. Romper con el compartimiento curricular unipersonal puede ser importante. Trabajar verdaderamente en equipo y extender las buenas prácticas para ir todos a una detrás de unos objetivos concretos y asumidos por toda la comunidad educativa. No podemos olvidarnos del reclutamiento, de la formación previa y de la estabilidad de la plantilla. O de la gestión con autonomía de los centros. Ay, las direcciones, qué trabajo no sólo cumplimentando aplicaciones y requerimientos diversos.

¿Y los alumnos? Sobrepasados ​​y abrumados por la información, conscientes o no de que el ascensor social que representa su formación parece atascado en el entresuelo, cómo podemos seducirlos y hacerlos conscientes de esta época fundamental de su vida. ¿Pantallas sí, pantallas no? La idolatría del sistema por cuanta más tecnología mejor puede haber relegado y dejado en segundo plano metodologías y enfoques que se han desterrado. La sobredosis de emoticonos debe tener algo que ver en la comprensión lectora. Recuerdo cómo desde el Departamento se empleaban aplicaciones donde este recurso gráfico también estaba presente.

Un debate por resolver, cómo mejorar cuando el reto ya no consiste en mantener la excelencia. Yo tampoco lo sé. La educación se debate entre la esencia, una especie de metáfora pedagógica que sobre el papel lo soporta todo, también las innovaciones más atrevidas que no siempre abocan al éxito. Y por otra parte los recursos, el tocho, lo material que se ve y es corpóreo. Las plantillas, los recursos humanos, son tocho -disculpad el tono prosaico-. Pero el ladrillo puede resquebrajarse cuando los contrafuertes son débiles o inexistentes. Es necesario planificar o tener un plano de dónde deben ponerse. Busquemos ese punto dulce donde los que mandan lo hacen bien y los que llenan pizarras se sientan valorados, respetados y tenidos en cuenta. Prestigiemos a los maestros en general mejorando las condiciones para que sea una dedicación donde los mejores quieran trabajar. Seguro que los alumnos lo percibirán.