Hay
días que nos sacuden porque una noticia nos desconcierta y nos pone frente al
espejo. La publicación de los resultados últimos de las pruebas
internacionales que pretenden analizar las enseñanzas secundarias obligatorias
de unos ochenta países del mundo ha sido un desastre. Los peores
resultados de la historia, sin matices y con letras grandes de gran titular en
cinco columnas. Es la noticia del día de aquellas que crean alarma
social. Proliferan los profetas del día siguiente y los que tienen la
solución fácil e inmediata. La complejidad y el impacto tienen que ver con
un material muy sensible, los alumnos. Cómo los motivamos, cómo los
enseñamos y los educamos con sentido crítico para que puedan alcanzar los desafíos
sociales y profesionales a los que deberían llegar con suficiente competencia y
autonomía para decidir es la gran pregunta.
¿Qué
ha pasado? Algunos que hemos formado parte de este gremio, el de la
enseñanza o de la educación -como se prefiera-, pensamos que después de tantos
años empeñados en cómo mejorar la formación de los alumnos consiguiendo aquellos
objetivos que se pretendan, si hubiéramos encontrado la respuesta, nos
habríamos aferrado a ella para tener la certeza de que transitábamos por el
carril correcto. La volatilidad de las leyes que regulan la enseñanza y
los golpes de volante repentinos son una prueba de que no hemos tenido ni
tenemos la solución o que otros efectos colaterales interfieren en ello. Desde
1980 ha habido ocho leyes de educación. Desde la Ley Moyano de 1857 hasta
la guerra civil la regulación de la instrucción pública tenía la consistencia
de una pompa de jabón. Algunas eran un bluf legal de vigencia brevísima
dependiendo del color del gobierno de turno.
Puesto
que hablamos de la raíz, las leyes, nada nuevo, pues, en el panorama político
más reciente. Sentir la oposición de turno anunciar inmediatamente a la
aprobación de una nueva -una más- ley de educación que la derogará en cuanto
vuelva a tener la sartén por el mango es algo predecible. Lo dicen enfurecidos
sin rubor convencidos de la verdad absoluta. ¿Es posible que la mayoría de
partidos políticos lleguen a acordar una ley marco suficientemente flexible y
duradera que permita sentirse cómodos mande quien mande? Constato otro
hecho relacionado con el anterior, a pesar de que el gobierno sea del mismo
color, la tentación recurrente de algunos ministros y consejeros de turno a
introducir novedades o revoluciones pedagógicas para dejar su impronta
personal. Esta vaporosidad legal se convertiría en una anécdota si no incidiera
en el desconcertante trabajo al que deben someterse los profesores en el
aula. De rebote -insisto- el material sensible, los alumnos son el objeto.
Respecto
del caso que nos ocupa, las pruebas PISA en el safari de estos días buscando a
los culpables, no han sido cuestionadas porque, con todos los defectos que se
puedan detectar, hacen las mismas preguntas a los alumnos de la misma edad y
son externas. Esto significa que los profesores presentes en el momento de
la prueba y que las corrigen son ajenos, nada tienen que ver con la escuela
donde se realiza cada examen. Son el mismo instrumento para todos, miden y
homologan los resultados puntuales que se obtienen y permiten realizar un
histórico para hacer comparativas desde que se establecieron en los países que
se han acogido a él. No se hacen públicos los rankings, tampoco los
resultados obtenidos por el alumno inciden en la nota personal. Desde la
vertiente pedagógica representan un puñetazo a la evaluación continua, de hecho
no sirven para el seguimiento permanente de los alumnos individualmente. Permiten
evaluar al grupo y a cada centro. Los resultados en su globalidad se
convierten en una fotografía del país y en este caso de Cataluña.
En
la cacería de los posibles motivos -como si pudiéramos deconstruir la foto
final- se han apuntado factores diversos que inciden en ellos. La
pandemia, que también ha sido sufrida en todas partes y se ha gestionado a
menudo con más voluntad que eficiencia. El desconcierto, la incertidumbre,
la novedad de administrar con urgencia la no presencialidad comportaron
esfuerzos titánicos de todos los implicados que no siempre llegaron a parte del
alumnado, mayoritariamente a los pobres. Según las encuestas de
condiciones de vida de 2022, el 27,5% de los niños y adolescentes en Catalunya
están en riesgo de pobreza -o viven en ella-. La pobreza y la pandemia
aliándose contra unos 378.000 niños y niñas según la citada encuesta. Otro
fotograma que se suma al panorama es el porcentaje de alumnos de origen
migrante que casi se ha doblado en una década, lo que hace que Catalunya sea la
comunidad con más alumnos de origen extranjero si exceptuamos a
Melilla. La gestión de estos colectivos es extremadamente delicada,
considero que, resultados académicos aparte, la acogida ha sido exquisita.
Hay
centros, los que gestionan complejidades desorbitadas, que deben ejercer la
asistencia social y el acompañamiento a las familias conscientes de unas
prioridades que a menudo sobrepasan los resultados en matemáticas. Y deben
trabajar un porcentaje muy elevado de casos y problemas diferentes que
participan del concepto que hace daño a las orejas y de oír, la guetización de
determinados centros. Sólo demoliendo algunos centros de determinados
barrios para construirlos nuevos en las zonas privilegiadas mezclando alumnos
-un supuesto inviable- se podría solucionar.
Catalunya
dispone de una potente red de enseñanza concertada y privada que solucionó la
papeleta a la falta de vacantes durante las oleadas migratorias internas de
mediados del siglo pasado. Volviéndonos a centrar en lo que nos ocupa, nos
podríamos preguntar ¿por qué la concertada obtiene mejores
resultados? Cuántos alumnos -vulnerables los llaman ahora- se matriculan a
pesar de que la enseñanza es gratuita por ley, no así los servicios y las
extraescolares que ofrezcan. Cuando por necesidades de escolarización
alguno de estos alumnos es asignado a determinados centros concertados, a
menudo tanto el alumno como la familia se sienten fuera del contexto
social. El uniforme escolar, unas zapatillas de marca o la imposibilidad
de poder asistir a la semana blanca son una factura que no pueden asumir como
las cuotas “voluntarias” que algunas instituciones concertadas les exigen obstinadamente. Por
eso el gueto puede representar una especie de zona de confort que les ahorra
presión, miedo o ansiedad. Dándole la vuelta al argumento podríamos decir
que algunos centros también son guetos de la comunidad acomodada. Que
conste que existen algunas concertadas que los acogen y los acompañan, a ellos
y a las familias, espléndidamente con mucho esmero.
Los
centros saben, tienen bien calibrado, el porcentaje que representa en las
pruebas un solo alumno significado o bien por la excelencia o bien por las
carencias que tienen bien detectadas. La enseñanza obligatoria es esto,
todas las personas -todas- están obligadas de los seis a los dieciséis años a permanecer
escolarizadas. No vale que un niño sea indultado porque no tiene cabeza
para estudiar. Las últimas ediciones de las pruebas PISA especifican el
porcentaje de alumnos matriculados en un curso que la han realizado. No se
pueden justificar las ausencias sospechosas de los alumnos que -bien lo saben
los centros- rebajarán significativamente el porcentaje. Sin embargo, los
centros pueden analizar los resultados con independencia de los casos más
flagrantes.
Como
las pruebas ponen en la diana informativa, al menos unos días o un rato en el
telediario, los centros de enseñanza también deberemos fijarnos en los tres
sectores que están representados en los Consejos Escolares, padres, profesores
y alumnos. El misterio de la santísima trinidad pedagógica a quien estos
días el aspersor de la actualidad ha empapado sobradamente con soluciones,
pareceres y descalificaciones que volaban bajo como pájaros agoreros.
Cada
casa es un mundo cuando no hay dos o tres –o medio en el caso de la familia
monoparental–. ¡Padres y madres! ¡Tíos y abuelas! Hay casos en
los que encontrar a alguien que responda a una llamada es todo un proceso
paciente y abrumador. Tanto como atender a aquellos que insistentemente
reclaman la atención de la tutora o de la dirección, los omnipresentes en las
salidas de clase con el dedo levantado y un bocadillo olvidado. El papel
idílico de las familias apoyando a los profesionales, siendo corresponsables
positivos y objetivos, en la educación -y si fuera posible- en la enseñanza de
los hijos. Gregorio Luri, atribuyéndolo al papel de los padres insistía en
caliente, nada más salir a la luz la noticia, de que “la sobreprotección es un
pecado general”. Que los niños de hoy no van a ninguna parte sin la
estricta supervisión de un adulto, algo que impide que los niños se enfrenten a
la realidad. Yo rompería una lanza en contra del intrusismo pedagógico de
algunos padres y a favor del profesorado. Dejemos hacer a quien entiende,
respetémosles valorándolos.
Nunca
en público he empleado la palabra vocación. Es de esas palabras o
conceptos descatalogados -vintage-. Sí que en muchas ocasiones he preguntado
a alguien nuevo, recién incorporado al sistema, si le gusta la
profesión. Nadie me ha confesado lo contrario aunque su preferencia
inconfesable consistiera en ser astronauta. Qué condena más terrible
ejercer una profesión que no te guste. Y debe gustarte mucho para ser
capaz de soportar una hora sin poder salir del aula bajo ningún concepto aunque
caigan chuzos de punta o aterricen aeronaves de papel. De mi experiencia
personal puedo afirmar que los alumnos también son personitas y suelen, en
general, tratarte como tú lo haces. En una tropa grosso modo de
cien mil unidades, el contingente también es diverso. Hay de todo como en la
viña del Señor, desafortunadamente los que rechinan son pocos y contados, pero
muy significados. Curiosamente es un ejército al que suele reclutarse sin
verle la cara y que a excepción de los inicios, ejerciendo ya como
profesionales, no se evalúa ni se realiza un seguimiento periódico que comporte
una formación pertinente y sostenida.
En
la pública, en el perfil de un profesional confluyen tres vertientes, la de
trabajador susceptible de estar afiliado a un sindicato, la de funcionario y la
de pedagogo. A saber qué pata pesa más. Obviamente parecería que
debería imponerse la del pedagogo con vocación, pero puede ocurrir que esta
condición acabe haciendo esquinas por las dinámicas perversas de los horarios,
por ejemplo. Estos días en las redes no han faltado aquellos que los
acusan de poco trabajadores, absentistas, culpables, en definitiva del fracaso
y del poco nivel alcanzado. Algo que contrasta con la dedicación, el
prestigio y el cariño que muchos -muchísimos- consagran y muchos alumnos
reconocen. Esta profesión, como otras, no tiene un manual que nos permita
subsistir con éxito y para el éxito escolar, depende de esa máxima que cada
maestrillo tiene su librillo. Los recursos propios, la empatía, la
capacidad para animar a un auditorio disperso dependen de componentes
personales que para compartirlos es necesario un trabajo en equipo firme que no
siempre se practica. Romper con el compartimiento curricular unipersonal
puede ser importante. Trabajar verdaderamente en equipo y extender las
buenas prácticas para ir todos a una detrás de unos objetivos concretos y
asumidos por toda la comunidad educativa. No podemos olvidarnos del
reclutamiento, de la formación previa y de la estabilidad de la
plantilla. O de la gestión con autonomía de los centros. Ay, las
direcciones, qué trabajo no sólo cumplimentando aplicaciones y requerimientos
diversos.
¿Y
los alumnos? Sobrepasados y abrumados por la información, conscientes o
no de que el ascensor social que representa su formación parece atascado en el
entresuelo, cómo podemos seducirlos y hacerlos conscientes de esta época
fundamental de su vida. ¿Pantallas sí, pantallas no? La idolatría del
sistema por cuanta más tecnología mejor puede haber relegado y dejado en
segundo plano metodologías y enfoques que se han desterrado. La sobredosis
de emoticonos debe tener algo que ver en la comprensión lectora. Recuerdo
cómo desde el Departamento se empleaban aplicaciones donde este recurso gráfico
también estaba presente.
Un
debate por resolver, cómo mejorar cuando el reto ya no consiste en mantener la
excelencia. Yo tampoco lo sé. La educación se debate entre la
esencia, una especie de metáfora pedagógica que sobre el papel lo soporta todo,
también las innovaciones más atrevidas que no siempre abocan al éxito. Y
por otra parte los recursos, el tocho, lo material que se ve y es
corpóreo. Las plantillas, los recursos humanos, son tocho -disculpad el
tono prosaico-. Pero el ladrillo puede resquebrajarse cuando los
contrafuertes son débiles o inexistentes. Es necesario planificar o tener
un plano de dónde deben ponerse. Busquemos ese punto dulce donde los que
mandan lo hacen bien y los que llenan pizarras se sientan valorados, respetados
y tenidos en cuenta. Prestigiemos a los maestros en general mejorando las
condiciones para que sea una dedicación donde los mejores quieran
trabajar. Seguro que los alumnos lo percibirán.