Mis
competencias en materia de deportes, concretamente en fútbol, ya las he
manifestado en más de una ocasión. Nunca me oiréis -leeréis- discutiendo
respecto de si una jugada era fuera de juego o si la mano previa se comportaba
un penalti. Insisto, me contemplo con un punto de indiferencia pasional
leve los partidos sin los cuales no eres nadie en la barra de un bar donde las
conversaciones, tan socorridas como la ola de calor, son un recurso infalible
para romper silencios incómodos como los de ascensor.
Vaya
de antemano mi enhorabuena a las chicas de esta selección nacional, la Roja. Un
hito histórico que pasará a los manuales de historia, repiten los patrióticos
medios deportivos. Las estrellas de las camisetas conseguidas por la
selección, tanto la de los chicos como la femenina, tienen un punto de textil
catalán en cuanto al porcentaje de la materia prima con la que han sido confeccionadas. Tampoco
voy a afirmar que hayan sido manufacturadas en Sabadell
exclusivamente. ¡Insisto, enhorabuena señoras! Un reto con mucho
esfuerzo que hace visible el deporte femenino en cuanto a prestigio y eco
mediático. Las niñas sueñan con ser estrellas de este nuevo deporte
que hasta hace cuatro días era patrimonio exclusivo de niños con tanta
testosterona como amor propio. Creo que habrá que repintar las líneas de
los terrenos de juego en los patios escolares en muchos sentidos.
Mi
voluntad no es analizar las meritorias estrategias desplegadas para llegar a
ser campeonas del mundo. De hecho, no lo vi, el partido. A esa hora
pedaleaba disfrutando de la verdura forestal tan castigada por la pertinaz
sequía aunque el Ripollès sea todavía un privilegio comparado con el bochorno
urbano que se soporta en otros lugares. Sí, eché un vistazo al móvil para
informarme de cómo evolucionaba un resultado tan flaco. Efectivamente,
España venció, una vez más, a la Pérfida Albión. La algarabía
coral supera en esta ocasión la histórica narración radiofónica efectuada en el
mundial de 1950 por el genuino Matías Prats -el padre-. Una noticia
positiva, con gancho y de larga duración, de las que se pueden reiterar una y
otra vez.
Una
noticia con un plus, que tiene la virtud de retroalimentarse, epopeya al
margen, tras la exitosa performance por partida doble del
presidente de la Real Federación Española de Fútbol, señor Luis
Rubiales. Este pollo se ha propuesto superar en eco y fama a las
protagonistas, a las futbolistas, con dos momentos estelares que dudo que pasen
a los libros de historia pero que surten los titulares más allá de los
argumentos deportivos. Puesto que hablamos de fútbol diría que representan
una coz -una buena patada- a muchos principios elementales.
La
primera meada fuera del tiesto protagonizada por el ilustre dirigente consistió
en olvidarse -o en remarcar- que el género femenino en materia futbolística del
ombligo hacia el césped bien recortado no es simétrico ni dual en cuanto al
juego de pelotas de las que presumen los colegas masculinos. En virtud de
este pequeño detalle, el presidente Rubiales, hizo alarde de gónadas amarrado al paquete torero para aportar a la celebración tan obvia carencia.
El
segundo puntapié literal al protocolo -algo que un cargo o persona pública debe
respetar- fue el impetuoso pico labial a una de las jugadoras en el pasillo de
felicitaciones y de reconocimientos por parte de las autoridades. Superada
la realeza presente, tocaba a este personaje machucar a las chicas de la
selección. Por curiosidad, -dile morbosa- me fijo en cómo son las
efusiones y las diversas expansiones que se producen tras las victorias entre
las jugadoras y, cuando esta figura es masculina, el entrenador. De
abrazos demasiado efusivos o largos existen carretadas, pero un beso como éste
con una difusión y una repercusión como las que está alcanzando fuera del
terreno de juego, no tengo constancia.
Podríamos
concluir que el fútbol femenino está gestionado emocionalmente con los
pies. Según cómo se interprete el hecho de no comunicar la muerte de un
padre por no interferir en el rendimiento deportivo tiene un punto de
perversidad. Sin embargo, cuando la innovación pasa por la condición
femenina de las vencedoras, declarar que "somos campeones del
mundo" es construir poesía con el gesto explícito del presidente en el
palco rascándose los cojones.
¡Fútbol! ¿O
no?