martes, 26 de julio de 2022

Barcelona olímpica.

 

Somos treinta años más maduros por no decir viejos. Hemos sobrevivido tres décadas desde que ese garabato mal dibujado de un perro pastor llamado Cobi ascendiera al cielo durante la ceremonia de clausura para abrazar eternamente a los dioses olímpicos. Barcelona vivió bajo un pretexto el proyecto de una formidable transformación; le hicieron, literalmente, una cara nueva. Todo parecía posible otra vez en la ciudad de los prodigios y así aconteció en ese nuevo sueño de proyección sideral cuando se representaron los mejores juegos jamás vistos -una presunción chovinista que nos creímos porque quizás fue verdad-.

Barcelona 92 ​​es el hito para la ciudad que pisamos. De la polémica revolución urbanística, como todo lo que cambia los cimientos a algo, a la eclosión exultante de punto de encuentro del turismo masificado de todas partes que cruza aturdido por la Rambla chapoteando en la marejada azucarada de sangría para engullir las paellas que se sirven a destajo con más microplásticos que mejillones; podríamos preguntarnos cómo habría evolucionado, treinta años más allá, la ciudad sin la oportunidad que constituyó acoger los XXV Juegos Olímpicos.

En 1992 la conectividad y las redes llevaban pañales o aún no habían sacado la cabeza del útero tecnológico. Apenas unos científicos conseguían que unos ordenadores contados con los dedos de una mano pudieran compartir información. En 1993 se desarrolló el primer navegador web. El eco mediático se difundió por otros canales. Sin lugar a dudas -de existir- # Barcelona92 habría sido tendencia aquella temporada que los juegos y la ciudad acaparaban los titulares de las televisiones y de los medios internacionales. Los saltos en las piscinas olímpicas de Montjuïc salpicaron las pantallas del mundo sincronizando también la silueta esbelta de los atletas con la de Sagrada Familia, el símbolo de la Cataluña en permanente deconstrucción.

Pasado el prodigio, la ciudad debería haber considerado reflexivamente el modelo de crecimiento alcanzado. Hacer caja y ajustar cuentas. A quién ha beneficiado y sigue aprovechando lo que hizo posible el evento. Hemos tenido tiempo suficiente para apagar las luces y escuchar a los grillos desde que el pebetero se extinguió para sentir el latido real de la ciudad en cuanto el sueño de aquellas noches de verano se desvaneció. El análisis del modelo postolímpico desde la perspectiva actual debería ofrecernos la photo finish de cómo la percibe y la valora toda la ciudadanía que vive y trabaja en Barcelona. ¿Sigue siendo la Barcelona del 2022 la ciudad acogedora cargada de oportunidades -y prodigios- que irradió mediterraneidad creativa durante aquellos meses?

Dejémoslo a los analistas expertos. Retomando el hilo y la atmósfera olímpica estos días el Palau Sant Jordi, una de las joyas arquitectónicas -un anillo oriental- que vimos cómo se erguía artesanalmente a golpe de palanca hidráulica, ha alojado el concierto de la neumática Rosalía, la Motomami perfumada de goma quemada cabalgando grandes y esplendorosas cilindradas vestida de cuero con mucho octanaje sensual. Una heredera postolímpica nacida en el 93 del Baix Llobregat que perteneció y se formó en la escudería ESMUC, la Escuela Superior de Música de Cataluña.

En el momento actual también podríamos preguntarnos qué habría pasado con la flecha que sobrevoló el pebetero y los efectos especiales que garantizaban la espectacularidad del momento. Una flecha que hizo blanco en la Barcelona mágica y fascinante que emergió justo en ese instante. ¿Las condiciones meteorológicas y las autoridades competentes actuales habrían permitido la temeridad que comporta jugar con fuego?

Cierro la recopilación de referencias respecto de aquel 1992 sin resolver el entramado, de si Núria Feliu interpretó en alguna ocasión el vestir d’en Pasqual dedicado a la gabardina que lucía en Lausana el alcalde de la ciudad la mañana de la proclamación. Porque el Pasqual - catacric, catacrec - causó sensación á la ville de...

-Bon cel, Núria!-

viernes, 15 de julio de 2022

Hortelanos.

 

Horticultor es una manía de relativa productividad que se está valorando al alza en muchos lugares fundamentalmente rurales. No me referiré a aquellos que se esfuerzan por sobrevivir, cultivando hortalizas, desde una vertiente profesional que se dejan las manos, la espalda y el reconocimiento económico en una tradición primaria a menudo heredada de los antepasados, como la tierra. La producción depende de los elementos meteorológicos que aportan este punto intrigante y azaroso justo en el momento cercano a la cosecha cuando el pedrisco puede arruinarla. Asistir al concierto de truenos y de piedra seca que devasta los cultivos es una de las peores pesadillas que se pueden vivir en este terreno. Naufragios de verdura propiciados por los temporales repentinos e imprevisibles. La otra variable infernal es presenciar la muerte anunciada por falta de agua, comprobar como cada día las lechugas sedientas se marchitan fatalmente.

Esta realidad no desanima, más bien al contrario, a los estacionales antojadizos de la azada que se dedican a ello para entretenerse, por nostalgia rural asociada a la infancia o por envidia. Un buen día deciden no depender más de las generosas donaciones del vecino durante la época abundante de los tomates. Un reto desde el desconocimiento que no los independiza del todo de aquellos más experimentados que les ofrecían ese bien de dios de tomates de invernadero. Dependen por mimetismo -envidia al margen- y por una especie de espionaje agrícola descarado en el mundo competitivo de la acelga mientras plantan el vivero así que comprueban que el entendido las ha sembrado el día anterior. La experiencia no se consigue de una cosecha a otra, saber cuándo hay que plantar los nabos o las patatas es una ciencia que requiere precisión oportunista y el conocimiento del lugar donde erigimos el huerto. Los puntillosos incluso están pendientes de las fases de la luna propicias.

Podríamos perfectamente clasificar a los diversos cultivadores de zanahoria por el resultado, el cuidado, la distribución y la rotación en los huertos que cultivan. Del exigente perfeccionista al caótico ecologista recién llegado al universo del azadón hay un abanico diverso con un rastro de indicios y un catálogo de malas hierbas que conviven salvajes y señoriales a la vera y en competencia desleal con las coles o los apios. Hay profesionales del huerto que les llena tanto la frondosidad de los calabacines como los elogios de los interesados ​​admiradores mendigos de hortalizas. Huertos convertidos en jardines versallescos donde ni una hierba se asoma sin permiso, por donde desfilan acompasadas con exactitud milimétrica y una verticalidad castrense las verduras mientras sacan pecho ufanas. Una ofensa de simetría y una tacha para el orgullo del vecino torpe de parcela.

Hay quien les habla, alienta a los ajos para que sean los que más piquen de la zona. Espolea los erectos puerros o la frondosidad del perejil para que se convierta en el ramaje exuberante en todas las salsas. Rituales inconfesables o de pensamiento -como los pecados- que no deben explicarse sino practicar. Secretos de generación en generación que no recoge el Calendari del pagès, una especie de revista rústica, o almanaque sin satinar, disponible en todos los hogares de payés. En la edición de este año de esta centenaria publicación, en el apartado de actualidad, se hace mención del desplazamiento de cultivos y de la merma de agua disponible atribuidos al cambio climático.

Cuidar un huerto nos hace sentir dioses, señores de un pedazo de la corteza que hemos adiestrado para que engendre criaturas comestibles, las más diversas y variadas que podamos imaginar. De dulces, picantes, amargas, ácidas... Un surtido vegetal que nos confiere el placer de creernos el padre de la criatura mientras contemplamos cómo le crece la barriga a la versátil calabaza que hemos privilegiado en el vergel más propicio del espacio de que disponemos. Asistir al acto de amor verdulero mientras plantan, riegan o escardan es un sacramento estacional de vida. Antiguamente de subsistencia.

En cuanto a la experiencia personal, mi vínculo con la tierra no pasa por cultivar un huerto. Aún recuerdo -y me condiciona esta determinación- cuando de muy joven había que cavar la inmensidad de los campos de coles y de acelgas compitiendo con la energía de aquellos abuelos que no fumaban ni reposaban, unos héroes tenaces de talante correoso. Permanentemente encorvados con la espalda doblada -rota- yo contemplaba el cielo por si llovería y había que resguardarse. Fue entonces cuando me prometí a mí mismo que jamás miraría una azada, que no la colgaría en la pared ni para hacer bonito. Quizás hay que añadir también el recuerdo de cavar cebollas que, como sabéis, hacen llorar.