Somos
treinta años más maduros por no decir viejos. Hemos sobrevivido tres
décadas desde que ese garabato mal dibujado de un perro pastor llamado Cobi ascendiera
al cielo durante la ceremonia de clausura para abrazar eternamente a los dioses
olímpicos. Barcelona vivió bajo un pretexto el proyecto de una formidable
transformación; le hicieron, literalmente, una cara nueva. Todo
parecía posible otra vez en la ciudad de los prodigios y así aconteció
en ese nuevo sueño de proyección sideral cuando se representaron los mejores
juegos jamás vistos -una presunción chovinista que nos creímos porque quizás fue
verdad-.
Barcelona
92 es el hito para la ciudad que pisamos. De la polémica revolución
urbanística, como todo lo que cambia los cimientos a algo, a la eclosión
exultante de punto de encuentro del turismo masificado de todas partes que
cruza aturdido por la Rambla chapoteando en la marejada azucarada de sangría
para engullir las paellas que se sirven a destajo con más microplásticos que
mejillones; podríamos preguntarnos cómo habría evolucionado, treinta años
más allá, la ciudad sin la oportunidad que constituyó acoger los XXV Juegos
Olímpicos.
En
1992 la conectividad y las redes llevaban pañales o aún no habían sacado la
cabeza del útero tecnológico. Apenas unos científicos conseguían que unos
ordenadores contados con los dedos de una mano pudieran compartir
información. En 1993 se desarrolló el primer navegador web. El eco
mediático se difundió por otros canales. Sin lugar a dudas -de existir- # Barcelona92 habría
sido tendencia aquella temporada que los juegos y la ciudad acaparaban los
titulares de las televisiones y de los medios internacionales. Los saltos
en las piscinas olímpicas de Montjuïc salpicaron las pantallas del mundo
sincronizando también la silueta esbelta de los atletas con la de Sagrada Familia,
el símbolo de la Cataluña en permanente deconstrucción.
Pasado
el prodigio, la ciudad debería haber considerado reflexivamente el modelo de
crecimiento alcanzado. Hacer caja y ajustar cuentas. A quién ha
beneficiado y sigue aprovechando lo que hizo posible el evento. Hemos
tenido tiempo suficiente para apagar las luces y escuchar a los grillos desde
que el pebetero se extinguió para sentir el latido real de la ciudad en cuanto
el sueño de aquellas noches de verano se desvaneció. El análisis del
modelo postolímpico desde la perspectiva actual debería ofrecernos la photo
finish de cómo la percibe y la valora toda la ciudadanía que vive y
trabaja en Barcelona. ¿Sigue siendo la Barcelona del 2022 la ciudad
acogedora cargada de oportunidades -y prodigios- que irradió mediterraneidad
creativa durante aquellos meses?
Dejémoslo
a los analistas expertos. Retomando el hilo y la atmósfera olímpica estos
días el Palau Sant Jordi, una de las joyas arquitectónicas -un anillo oriental-
que vimos cómo se erguía artesanalmente a golpe de palanca hidráulica, ha
alojado el concierto de la neumática Rosalía, la Motomami perfumada
de goma quemada cabalgando grandes y esplendorosas cilindradas vestida de cuero
con mucho octanaje sensual. Una heredera postolímpica nacida en el 93 del
Baix Llobregat que perteneció y se formó en la escudería ESMUC, la Escuela
Superior de Música de Cataluña.
En
el momento actual también podríamos preguntarnos qué habría pasado con la
flecha que sobrevoló el pebetero y los efectos especiales que garantizaban la
espectacularidad del momento. Una flecha que hizo blanco en la Barcelona
mágica y fascinante que emergió justo en ese instante. ¿Las condiciones
meteorológicas y las autoridades competentes actuales habrían permitido la
temeridad que comporta jugar con fuego?
Cierro
la recopilación de referencias respecto de aquel 1992 sin resolver el entramado,
de si Núria Feliu interpretó en alguna ocasión el vestir d’en Pasqual dedicado
a la gabardina que lucía en Lausana el alcalde de la ciudad la mañana de la proclamación. Porque
el Pasqual - catacric, catacrec - causó sensación á la
ville de...
-Bon cel, Núria!-