domingo, 24 de enero de 2021

Desconcierto.

Hemos salido de la incertidumbre para caer de cuatro patas en el desconcierto. Incertidumbre es como el anuncio poético de un estado superior que nos empapa revoloteando permanentemente por encima de nuestras cabezas. Incertidumbre era el estado natural, ordinario, de nuestra existencia, aquello que nos espera sin saber qué será. La incertidumbre que domina el momento actual, sin embargo, ha mutado para volverse concreta y lo ha hecho en prosaico desconcierto -en mayúsculas, si lo prefieren-. Saldremos mejor, proclamábamos al principio de la reclusión. Todo irá bien, adosábamos a los balcones los dibujos de colores con caligrafía de criaturas sin colegio presencial. Esperemos, que todo vaya bien, amigos.

  Intento no ser pesimista ni contagiar el arrebato causado por el revoloteo de los pájaros sombríos con pasadas rasantes que pretenden despeinarnos la esperanza. Cuesta no perder el coraje o la voluntad. Cuesta asumir que esto no es una burla y que va en serio. Otra vez, en medio de una ola perdiendo el recuento y viviendo con la certeza -¡esta sí!- que algunos nos han dejado. Estoy para ensalzar, si no fuera una ocurrencia cruel, a los negacionistas. Ser capaz de girar los argumentos y creer que habitamos un espejismo propiciado por fuerzas oscuras con intereses espurios -que de haberlas, haylas-.

Negarlo es tan enrevesado como acreditar la eternidad. Resultaría más fácil vivir al margen despreciando la realidad que no la angustia, el temor y el pavor que provoca la conciencia de los peligros que nos acechan por el maldito virus que nos ronda. Pongámosle, pues, entusiasmo y esperanza. Ya tenemos la vacuna en una danza hipodérmica contra la plaga aunque en versión milonga arrítmica de compás demasiado lento. Para los que siguen enconados en negarlo, las dosis no deben ser nada más, según los agoreros, que un vaso de agua inocuo con azúcar disuelto que lo cura todo. Yo, por si acaso, me quedo con la cara de satisfacción y la sonrisa de privilegiado de estas abuelas que ponen bien el brazo y la fe para que se la administren. Y si lo fuera, un engaño, ahora mismo poder introducir esperanza puntual intramuscular ya es toda una victoria que necesitamos como el aire que respiramos porqué al nuevo año, como a todos los neonatos, ha sido necesario cambiarle los pañales con demasiada frecuencia.

La coyuntura tiene tendencia a propiciar el desbarajuste con cierto caos aderezado con unas gotas de sálvese quien pueda. Un por piernas a codazos muy feo para llegar el primero de aquellos que han pretextado aprovechar los resquicios de las ampollas, las migajas de vacuna, para inyectarse a escondidas como un yonqui egoísta de esquina atacado por la abstinencia feroz. Un buen ejemplo para discernir la "incertidumbre" del "desconcierto".

Disponemos de un surtido de artículos desconcertantes de todo tipo en el catálogo que se pueden adquirir cómodamente online a plazos. En el ámbito de la cosa democrática, Cataluña vivirá la inmediatez de unas elecciones inciertas sumidas en la contradicción irreconciliable entre la sanidad, la política, las leyes y presuntos intereses espurios -que de haberlos, haylos-. Sin analizarlo profundamente, quizás, podríamos proponer elegir también a los jueces aprovechando el despliegue de las urnas. El protagonismo de los altos estamentos judiciales respecto del ejecutivo representado por los gobiernos y la tropa de políticos que dimiten de su razón de ser para delegar y cobijarse bajo los paraguas legales es una deriva demasiado frecuente que puede parecer inquietante cuando aquello a discutir y a acordar debería ser materia exclusiva de los elegidos específicamente para ostentar esta potestad. Puesto que las mazas siempre sacuden.

 Cómo nos hemos de ver, por afortuna nos quieren hacer hablar -¡por las urnas!- ya que los altavoces y algunos letreros en el metro nos conminan a estar callados con la boca bien cerrada, "se recomienda no hablar". Ciertamente desconcertante, como decía al principio. No dialoguéis, no os toquéis, no os abracéis. Transitamos un no vivir para no morir que nos saca de quicio y nos descarna la cordura. Silencios como de catedral en el andén y los convoyes en estado de constricción que nos reprime, incluso, que nos podamos quejar porque alguien nos ha pisado el juanete en una turbulencia ferroviaria congelada por un anunciado temporal de nieve que nos ha helado aún más la movilidad, el criterio y la palabra.

 

 

lunes, 11 de enero de 2021

Trump lo peta.

Presenciar en directo el reality show del asalto a la sede del Capitolio en Washington impacta, pero no sorprende porque podía suceder y, finalmente, ha pasado. La realidad y los instintos más bajos convertidos en espectáculo es un recurso con mucho éxito que suele garantizar índices espectaculares de audiencia. Efectivamente, Trump lo ha terminado petando.

Un personaje que gestionó como patrón absoluto los concursos de Miss USA y Miss Universo durante dos décadas para aterrizar en el exitoso reality show de la NBC el Apprentice durante la década posterior -justo antes de llegar a la presidencia- ya preludiaba la querencia de este Aprendiz de político, de principiante en el nuevo negocio hacia el cual se ha decantado y ha sobresalido en aquello que conoce bien, la impostura, la manipulación y los chanchullos varios porque, a pesar de todo, la vida y el concurso deben continuar.

El manual de uso y abuso -el libro de estilo de Trump- ha gozado también de un predicamento abrumador. Terminado el espectáculo, mientras barren la pista del circo y arreglan los desperfectos de los disturbios, los estadounidenses viven -y vivimos- pendientes con un punto de intriga por lo que todavía nos puede ofrecer este gran mago de las sorpresas. Temen que pueda sacar un conejo desollado de la chistera, la traca final antes de abrir y de consolidar las franquicias internacionales, la marca blanca Trump, la próxima meta.

Porque todo llega, como lo hizo el mítico Buffalo Bill a Barcelona en diciembre de 1889 regresando de la Exposición Universal de París, la de torre Eiffel. Una tropa de indios de verdad adiestrados como los búfalos y los caballos exhibidos acamparon una temporada en una explanada que hoy concordaría en la encrucijada de la calle Aribau con Rosselló desde la perspectiva actual del Ensanche barcelonés. El señor William F. Cody, conocido como Buffalo Bill, no tuvo demasiada fortuna en tierras catalanas. Llovió muchos días, un infortunio para un circo sin cubierta, y tuvo que soportar una triple epidemia de gripe, cólera y viruela. Un desastre que el mismo Buffalo Bill atribuía a las condiciones sanitarias y a la peculiar idiosincrasia de los catalanes. La hermana del legendario explorador y aventurero lo argumentaba: "el circo no se parecía en nada a las corridas de toros, el único espectáculo que tiene éxito en España".

Imagino a un Donald Trump -como Buffalo Bill- paseando con éxito por el mundo su espectáculo con los asaltantes al Capitolio ya reciclados -exculpados-, más acicalados y bien maquillados. La puesta en escena debe ser lo más verosímil posible pero con un punto de coreografía milimétrica integrada en una banda sonora de las que pone la piel de gallina cuando un falso sioux de las praderas con cuernos de búfalo embiste al público saliéndoles por detrás, a traición, amenazándoles con una lanza y haciendo ver que torea un búfalo a la manera cowboy.

Pero el plato fuerte del espectáculo, como unas campanadas con la Pedroche y la Obregón juntas, será el momento en el que Trump responda al polígrafo con la iluminación tenue de tonos pastel sin llegar al naranja botella de butano. Un silencio litúrgico conteniendo la respiración y la emoción mientras, para estirar el momento hasta el infinito de la intriga, le repiten la pregunta.

-No responda aún, Sr. Trump! Vamos a publicidad -dice el juez.