jueves, 31 de diciembre de 2020

¡Mejor 2021!

      

Qué podríamos decir en el brindis de las campanadas por Nochevieja. Qué podríamos pedir a este 2021 que repica con el tintineo sutil de una aguja hipodérmica que nos ha de salvar de la pandemia y nos inyectará esperanza. Un sencillo "mejor año" lo resume generosamente. Todo es susceptible de mejorar, sí. Pero este año que traspasamos -o que nos ha traspasado- los deseos vienen especialmente cargados de razón.

 -¡Mejor año!

sábado, 26 de diciembre de 2020

CoviNavidad.

La abuela abrió la nevera y calculó cómo se las apañaría para no arruinar toda aquella comida que había acopiado antes de que los de la ciudad llegaran. Con la sabiduría de las intendentes de otra era -la glaciar- era capaz de ingeniárselas para tener los pucheros listos y a la vez satisfacer el surtido de preferencias diversas de los invitados. Este año pocos, los autorizados. Iba dando tumbos a la idea de que hay más días que longanizas y más fines de semana que navidades.

Justo la noche antes que llegaran, el abuelo refunfuñaba como acostumbra con las noticias mientras no asomaban los del tiempo para ver si acertarían e irse a planchar la oreja, la manera como se refería a acostarse para no perjudicar la noche con pamplinas que no conducen a ningún lugar y no gastar luz. Al principio ella no hizo demasiado caso a la retahíla de improperios que el abuelo soltaba irritado por la actualidad que el presentador repasaba. Eran frecuentes los debates sin demasiados miramientos de aquel hombre con los de la tele. Como la cosa subía de tono, ella dedujo que pasaba algo gordo y se acercó -¡Que han cerrado la comarca, abuela! -soltó con una mueca como si le retorcieran las entrañas. El silencio espeso duró hasta que insistieron en la prohibición de entrar y salir de aquel culo del mundo coincidiendo con las fiestas de Navidad.

¡Qué le vamos a hacer! -dijo ella con un punto de resignación. Flotaba por el espacio de aquella cocina amplia el calor de la leña ardiendo en la chimenea siempre encendida cuando la abuela separaba requisitos con cuidado de no mezclar las manías por el gluten o la tendencia vegana del nieto y de la nieta respectivamente con la intolerancia a los lácteos -y a la suegra también- de la nuera. Navidad desde que los nietos habían crecido era un rompecabezas de platos difícil de superar. La ilusión por reunir a todos vencía las manías de cada uno. Cosas de la juventud.

Y quien no se conforma es porque no quiere. Fluía el catálogo de consuelos para digerir la celebración sin los niños. No poder disfrutar de los nietos la desquiciaba especialmente. Gracias a dios que, por ahora, estaban a salvo. Habrá más navidades que longanizas, insistía. El abuelo refunfuñaba en silencio despatarrado ante la fogata como si pudiera quemar al virus y a la contrariedad condenándolos al infierno. Porque, gracias a dios, aún podían valerse por sí mismos. No como la vecina hacinada en el geriátrico del que tampoco la dejaban salir ni para la comida de Navidad a pesar de tener en el pueblo a los hijos.

Remontarlo ya sólo pasaba por sacar al Cristo en procesión. Pasaron lista a los espacios vacíos en la mesa de los allegados, aquellos que se habían marchado cuando no tocaba. Demasiadas personas cercanas de la quinta sin poder despedirse de ellos. Malas noticias que llegaban de repente, como la plaga, y demasiados funerales sin público ni párroco. ¡Eran unos afortunados! El abuelo removió las brasas y acomodó los troncos para que se quemaran bien, sin humo, los recuerdos y los pensamientos tristes.

Efectivamente, habrá más celebraciones para reencontrarse. Quedaba el ritual imposible de intentar comunicarse mediante la pequeñísima pantalla del teléfono móvil al que él había renunciado por incompatible con su voluntad y fundamentalmente por sus manos y por sus dedos. El trasto y él no se llevaban bien. -¡Abuelo! -gritaban las criaturas. Entenderse en la confluencia de conversaciones al mismo tiempo era difícil. Se limita a saludar con la mano cuando el tren de la nostalgia está a punto de salir del andén. ¡Cómo habían pasado los años!

¡Buenas fiestas, feliz Navidad!