lunes, 30 de noviembre de 2020

Colmemos al Tió.

Los catalanes nos enorgullecíamos de aquella virtud según la cual de las piedras hacíamos panes. Alguien ilustrado en tahonas debería confirmar si la máxima sigue siendo vigente. Quizás hemos vivido un momento donde las hostias como panes nos han reducido a cocas. De acuerdo con este prestigio de reyes Midas de la harina me pregunto por qué en vez de apalear un tronco navideño, el Tió, no lo hacemos con un pedrusco de rivera que vendría a confirmar el infundio.

El Tió o leño de Navidad se corresponde con la reputación tacaña que nos atribuyen vinculada a una intendencia autosuficiente de cuando el país era mayoritariamente rural y calentábamos los inviernos mucho antes del cambio climático con madera. La despensa y la leñera eran elementos que había que atestar y tener bien provistos. Conferir poderes mágicos a un tronco era una buena alternativa, sólo había que dejar elegirlo a las criaturas para que lo atiborraran y lo arropasen con un trozo de manta.

Hace falta mucha fe para creer en las generosas deposiciones de un grueso leño al que zurrar a bastonazos. Cuando el consumo era un lujo extraordinario, que el Tió cagara algo para los convites de estas fiestas era sensato y razonable: turrones, exóticas mandarinas o piezas de ropa menor. Estoy convencido de que la tradición de las madres y de las abuelas, perdida la inocencia -ya maduros-, de regalarnos cada año calcetines, pañuelos de bolsillo bordados con las iniciales y calzoncillos tiene su origen en esta tradición navideña de hacer cagar al Tió. Una bicicleta, una muñeca o un caballo de cartón difícilmente los cagaba el Tió. Estos presentes eran competencia casi exclusiva de los Reyes de Oriente, de unas monarquías que ya preludiaban la supremacía petrolera y una desmedida abundancia.

En la pervivencia de la tradición el Tió ha ido encogiendo. Se ha demacrado mientras engordaba la competencia desleal de un gordito deshollinador barbudo. También el leño o el tronco que presidía los rincones cercanos a la lumbre ha evolucionado físicamente de tarugo a zoquete escuchimizado. Desde hace unos años podemos hallarlos con patas adosadas, barretina y un rostro afable de buen muchacho en los tenderetes de las ferias navideñas. El Tió se ha vuelto incombustible o trasto reciclable Navidad tras Navidad en el baúl de acicalar el Adviento.

Yo lo reivindico. Al menos por el talante con un punto de veganismo vegetalista y por la extrema generosidad -sospechosamente masoquista- de quien a pesar de las sacudidas se empeña en ser generoso hasta que, exhausto y chamuscado por dentro, caga carbón. A tanta crueldad gestual, a pesar de los villancicos y de las oraciones, no nos olvidemos de saciarlo como es debido. Seamos constantes, sigámosle los cumplidos y veréis como nos corresponde.

¡Feliz diciembre!

 

 

 

jueves, 26 de noviembre de 2020

¡Feliz y próspero Black Friday!

Este año me he adelantado y he cambiado el plato con el maíz y el agua para los camellos de la víspera de reyes por una tarjeta de crédito bien seductora, navideña. Me he anticipado y la he dejado a sol y serena en el alféizar del ventanal por el que solían trepar sus majestades de oriente. Tampoco he cebado a escondidas al tió con golosinas ultracalòricas. Lo reconozco, he cambiado de bando. Reniego de las viejas tradiciones -o las renuevo- amparado en la desazón consumista que me ha llevado a afiliarme al Black Friday. Una tradición transoceánica recientemente arribada que está arraigando firmemente deslocalizando la ilusión monárquica más propia de los inocentes que del personal en general.

Una tendencia casi consolidada que baso más en el cambio climático que a causa de la pandemia. El viernes negro participaría de cierta intriga y de la truculencia de un género que hay que buscarlo en los estantes del menudillo sangriento. Hará cerca de una década que nos visita como una especie estrambótica en busca de un hábitat más propicio. No ha sido a causa del virus, pues, que haya colonizado nuestro sistema comercial. Espero no tener que contratar a un investigador privado para averiguar la muerte en extrañas circunstancias de mi tarjeta de crédito por una puñalada del Friday night fever.

Ungidos del espíritu prenavideño la ciudad comienza muy lentamente a respirar distinto. El aroma del café de bar servido en una taza como es debido y no en un vaso de plástico para llevar -y tirar- confiere a la atmósfera de la calle una nota de esencia doméstica azucarada con una cucharada de temeridad que la convierte en irresistible. La clausura urbana que ha catequizado las calles mayores en claustros austeros afloja y la plaza de la catedral barcelonesa ya vuelve a acoger ramas de acebo, abetos y caganers audaces con la cara tapada y el culo al aire.

Concretando, en casa ya hemos sacudido el polvo a la quincalla navideña distribuyéndola estratégicamente para fomentar el espíritu festivo y sacudir la oscuridad estacional mientras no llega el solsticio de invierno. Se necesitan luces, turrones a raudales y la cantinela de un ensayo clandestino -Tulón, Tulón de avellana y de piñón... -canturrea el niño torpemente presintiendo la importancia del ritual. Navidad a la esquina.

Unas navidades de burbuja, la del anuncio dorado del cava y la del grupo arrugado. Restricciones reguladas por el derecho de admisión entre la parentela que reunirá sólo a un pequeño comité, a los habituales y a los más afines elegidos, para no herir susceptibilidades, por el procedimiento del amigo invisible, en un sorteo secreto y sin testigos. Habrá que ver cómo organizamos y distribuimos los canelones entre los cuatro gatos presentes.

Os advierto, sin embargo, que si en estas navidades os hacíais libres -y felices- de aquellos que invitábamos a regañadientes en otras circunstancias, vais equivocados. Estas serán unas navidades online, conectados -como el comercio-, con presencias virtuales y grandes discursos respecto de cómo se debería vacunar a la población. Ya me contareis, estamos en contacto. A esta virtualidad tecnológica sólo la pueden eximir las criaturas recitando esperanza, la de no caer en nuestras pifias porque ellos sí son la nueva realidad.

¡Mientras, feliz y próspero Black Friday!

 

 

jueves, 12 de noviembre de 2020

Adiós, Trump.

Sucedió hará un par de décadas, más o menos. Recuerdo el análisis del día de las elecciones municipales que relataba un candidato independiente cuando el pujolismo pastaba a lo ancho en las praderas electorales catalanas. Como en los pueblos la cara, el crédito y el talante de los alcaldables todavía tiene cierto predicamento, él se impuso en su localidad por mayoría a la marea convergente imperante de aquellos años. Me explicaba la emoción y la angustia del momento clave del proceso electoral, cuando ya se han cosechado las papeletas y comienza el recuento para cribar la voluntad de los vecinos que han ejercido su derecho. Con las manos simula el gesto de verter la urna llena de papeletas encima de la mesa en la escuela, la sede electoral. Se iniciaba así, con este acto, el suplicio emocionante de la cantinela, papeleta a papeleta, que se resolvía con la proclamación del candidato vencedor.

Desde el orgullo de los que han ganado cualquier competición, ahora confiesa que el peor trance de aquel recuento eterno fue cuando las papeletas, una tras otra, no se cansaban de favorecer el contrincante. El batacazo, de continuar a ese ritmo, era contundente hasta que no volvió a oír su apellido y como la tendencia revertía. ¡Uf! Ciertamente, un desasosiego que rememora con nostalgia y desde la jubilación. Sonríe atribuyendo la causa a que el vuelco contundente de las papeletas en contra suya de aquella larga noche correspondía a que aquellas, que le eran tan poco favorables, se podían atribuir en bloque a los electores que votaban justo saliendo de la misa. Al ritual consolidado de una jornada electoral con una cronología que se repite también en las urnas: ir a la misa mayor dominical, votar, tomar el aperitivo con aceitunas rellenas y comprar el pastel de nata en la confitería de la plaza mayor.

Martes, 3 de noviembre de 2020. El primer martes después del primer lunes de noviembre de todos los años múltiplos de cuatro se celebran las elecciones presidenciales en Estados Unidos de América. En esta edición dirimen la reelección de Donald Trump, por cuatro años más, o la de Joe Biden. Las encuestas pronostican el cambio y medio mundo tiene asumido que los demócratas de Joe deberían derrotar a este hombre -el payaso que ha huido de un circo, como le llama aquella abuela-. Donald ha cambiado de papel en el espectáculo más grande del mundo, The Greatest Show on Earth, por el de funambulista. Tendremos que estar al tanto de sus evoluciones con red judicial o sin.

La madrugada del miércoles, hora de Setcases, nos levantamos y nos desanublamos de las legañas con una inesperada sorpresa demasiado temprana, el trapecista de la Casa Blanca, con un triple salto mortal, caía de pie contra las predicciones, el presunto tsunami azul del Biden y el deseo de recuperar, al menos, unas maneras de ejercer la política diferentes. América insistía en apoyar a Paquidermo Delirante, el gran jefe de una descolorida tribu piel roja tirando a zanahoria, Donald Trump. La salida del sol inauguraba el amanecer electoral con una gama cromática de un color macilento en el cóctel de todo el mundo se merece a quién vota.

La participación, el baile de datos, el recuento, las manifestaciones y el dibujo bien gráfico de los estados que apoyan a uno o a otro candidato ilustran lo que se vive allí y en el resto del mundo que nos lo contemplamos con interés porque queremos saquear las migajas caídas de la mesa donde se disputa este banquete electoral. Somos electores, aunque sin derecho a voto, porque creemos que también nos va algo en ello. Y sino simpatizantes de pleno derecho.

La intriga del recuento, alimentada por los tuits trumpianos, ha sido de una inaudita intensidad. Los requerimientos del actual todavía presidente exigiendo que se detenga el escrutinio es algo inverosímil, un dardo letal en el corazón de esta democracia americana considerada un paradigma que también tiene alguna pared maestra de decorado hollywoodiense o de cartón piedra.

Sábado, media tarde hora local de la Barceloneta, las urnas se decantan por Joe Biden y Kamala Harris mientras el Barça asoma la cabeza en liga y Ansu Fati se lesiona, un asunto de menisco feo. La gran borrica azul, el recambio del abuelo Biden, Joe el durmiente -como lo ha bautizado Donald- gana las elecciones. Ver como Biden, al modo Bruce Springsteen saliendo al escenario, galopa como un soldado del Séptimo de Caballería para llegar al atril me hace sufrir. Las exigencias escénicas de lenguaje no verbal aconsejadas por unos torpes asesores no concuerdan con la fragilidad senil del personaje. Un mal paso literal lo puede proyectar en el azur de la moqueta demócrata causando una rotura irreparable con toda la delicada cristalería ósea hecha añicos. No lo torturéis más, dejad que se nueva sin estridencias anacrónicas. Ya ha sufrido bastante, como aquel alcalde cercano que mencionaba al principio mientras salían de la urna sólo los votos de los de la misa.

Más o menos a la misma hora, pero la local de Virginia, Donald Trump no acepta la derrota ensayando el swing en su campo de golf en propiedad. Contrasta la fuerza y la rabia con que balancea, sin doblar la obligación a tener que abandonar la Casa Blanca. Una vez, otra y otra buscando la respuesta de los oráculos en el agujero del poder mientras los secuaces y los próximos callan o lo abandonan. Asistimos a un ritual más al que, Trump, ha convocado a sus fieles al sacramento –o a un sacrificio- cargados de escopetas.

Domingo por la mañana, hora local de Barcelona, ​​me detengo ante el aparato de televisión desde el que la abuela oye misa dominical en catalán desde Sant Cugat que oficia el Padre Carlos Cahuana. Este cura tiene cautivada a la abuela. Ciertamente es un gran profesional y un gran comunicador. También él pide a la audiencia por el presidente recién elegido -¡Rogad al Señor! -¡Os lo pedimos, Señor! -responde la abuela maquinalmente. Después se gira y me pregunta -¿Aquel del circo, ha salido?

La herida en la piel de la gran América es tierna. La huella y las consecuencias de la era Trump no serán fáciles de aliviar. Quizá por eso, la diplomacia mundial y muchos dirigentes se han apresurado a apoyar a Biden y a su sucesora, una joven predestinada a ser el recambio natural de un presidente con una mochila vital muy cargada. ¡Suerte y tino! En la vida, a menudo, los sucesores o los antecesores te hacen, aunque sea por contraste, mejor o peor. Joe ha contado además con el voto de aquellos que lo han ejercido en contra de Donald Trump.

Respecto de mi simpatía personal debo confesar que Joe Biden, al margen de lo que representa en este momento, se debe a que tiene un parecido con mi tío Pitus, descanse en paz.