Sucedió hará un par de
décadas, más o menos. Recuerdo el análisis del día de las elecciones
municipales que relataba un candidato independiente cuando el pujolismo pastaba
a lo ancho en las praderas electorales catalanas. Como en los pueblos la cara,
el crédito y el talante de los alcaldables todavía tiene cierto predicamento,
él se impuso en su localidad por mayoría a la marea convergente imperante de
aquellos años. Me explicaba la emoción y la angustia del momento clave del
proceso electoral, cuando ya se han cosechado las papeletas y comienza el
recuento para cribar la voluntad de los vecinos que han ejercido su derecho.
Con las manos simula el gesto de verter la urna llena de papeletas encima de la
mesa en la escuela, la sede electoral. Se iniciaba así, con este acto, el
suplicio emocionante de la cantinela, papeleta a papeleta, que se resolvía con
la proclamación del candidato vencedor.
Desde el orgullo de los
que han ganado cualquier competición, ahora confiesa que el peor trance de
aquel recuento eterno fue cuando las papeletas, una tras otra, no se cansaban
de favorecer el contrincante. El batacazo, de continuar a ese ritmo, era
contundente hasta que no volvió a oír su apellido y como la tendencia revertía.
¡Uf! Ciertamente, un desasosiego que rememora con nostalgia y desde la jubilación.
Sonríe atribuyendo la causa a que el vuelco contundente de las papeletas en contra
suya de aquella larga noche correspondía a que aquellas, que le eran tan poco
favorables, se podían atribuir en bloque a los electores que votaban justo
saliendo de la misa. Al ritual consolidado de una jornada electoral con una
cronología que se repite también en las urnas: ir a la misa mayor dominical,
votar, tomar el aperitivo con aceitunas rellenas y comprar el pastel de nata en
la confitería de la plaza mayor.
Martes, 3 de noviembre de
2020. El primer martes después del
primer lunes de noviembre de todos los años múltiplos de cuatro se celebran las
elecciones presidenciales en Estados Unidos de América. En esta edición dirimen
la reelección de Donald Trump, por cuatro años más, o la de Joe Biden. Las
encuestas pronostican el cambio y medio mundo tiene asumido que los demócratas
de Joe deberían derrotar a este hombre -el payaso que ha huido de un circo,
como le llama aquella abuela-. Donald ha cambiado de papel en el espectáculo más grande del mundo, The
Greatest Show on Earth, por el de funambulista. Tendremos que estar al
tanto de sus evoluciones con red judicial o sin.
La madrugada del
miércoles, hora de Setcases, nos levantamos y nos desanublamos de las legañas
con una inesperada sorpresa demasiado temprana, el trapecista de la Casa
Blanca, con un triple salto mortal, caía de pie contra las predicciones, el
presunto tsunami azul del Biden y el deseo de recuperar, al menos, unas maneras
de ejercer la política diferentes. América insistía en apoyar a Paquidermo
Delirante, el gran jefe de una descolorida tribu piel roja tirando a zanahoria,
Donald Trump. La salida del sol inauguraba el amanecer electoral con una gama
cromática de un color macilento en el cóctel de todo el mundo se merece a quién
vota.
La participación, el
baile de datos, el recuento, las manifestaciones y el dibujo bien gráfico de
los estados que apoyan a uno o a otro candidato ilustran lo que se vive allí y
en el resto del mundo que nos lo contemplamos con interés porque queremos saquear
las migajas caídas de la mesa donde se disputa este banquete electoral. Somos
electores, aunque sin derecho a voto, porque creemos que también nos va algo en
ello. Y sino simpatizantes de pleno derecho.
La intriga del recuento,
alimentada por los tuits trumpianos, ha sido de una inaudita intensidad. Los
requerimientos del actual todavía presidente exigiendo que se detenga el
escrutinio es algo inverosímil, un dardo letal en el corazón de esta democracia
americana considerada un paradigma que también tiene alguna pared maestra de
decorado hollywoodiense o de cartón piedra.
Sábado, media tarde hora
local de la Barceloneta, las urnas se decantan por Joe Biden y Kamala Harris
mientras el Barça asoma la cabeza en liga y Ansu Fati se lesiona, un asunto de
menisco feo. La gran borrica azul, el recambio del abuelo Biden, Joe el durmiente -como lo ha bautizado Donald-
gana las elecciones. Ver como Biden, al modo Bruce Springsteen saliendo al
escenario, galopa como un soldado del Séptimo de Caballería para llegar al
atril me hace sufrir. Las exigencias escénicas de lenguaje no verbal
aconsejadas por unos torpes asesores no concuerdan con la fragilidad senil del
personaje. Un mal paso literal lo puede proyectar en el azur de la moqueta
demócrata causando una rotura irreparable con toda la delicada cristalería ósea
hecha añicos. No lo torturéis más, dejad que se nueva sin estridencias
anacrónicas. Ya ha sufrido bastante, como aquel alcalde cercano que mencionaba
al principio mientras salían de la urna sólo los votos de los de la misa.
Más o menos a la misma
hora, pero la local de Virginia, Donald Trump no acepta la derrota ensayando el
swing en su campo de golf en
propiedad. Contrasta la fuerza y la rabia con que balancea, sin doblar la
obligación a tener que abandonar la Casa Blanca. Una vez, otra y otra buscando
la respuesta de los oráculos en el agujero del poder mientras los secuaces y
los próximos callan o lo abandonan. Asistimos a un ritual más al que, Trump, ha
convocado a sus fieles al sacramento –o a un sacrificio- cargados de escopetas.
Domingo por la mañana,
hora local de Barcelona, me detengo ante el aparato de televisión desde el
que la abuela oye misa dominical en catalán desde Sant Cugat que oficia el
Padre Carlos Cahuana. Este cura tiene cautivada a la abuela. Ciertamente es un
gran profesional y un gran comunicador. También él pide a la audiencia por el
presidente recién elegido -¡Rogad al Señor! -¡Os lo pedimos, Señor! -responde
la abuela maquinalmente. Después se gira y me pregunta -¿Aquel del circo, ha
salido?
La herida en la piel de
la gran América es tierna. La huella y las consecuencias de la era Trump no
serán fáciles de aliviar. Quizá por eso, la diplomacia mundial y muchos
dirigentes se han apresurado a apoyar a Biden y a su sucesora, una joven predestinada a ser el recambio
natural de un presidente con una mochila vital muy cargada. ¡Suerte y tino! En
la vida, a menudo, los sucesores o los antecesores te hacen, aunque sea por
contraste, mejor o peor. Joe ha contado además con el voto de aquellos que lo
han ejercido en contra de Donald Trump.
Respecto de mi simpatía
personal debo confesar que Joe Biden, al margen de lo que representa en este momento,
se debe a que tiene un parecido con mi tío Pitus, descanse en paz.