Estoy por hacer mutis y retirarme de escena, dejar la página en blanco. Echando un vistazo por los medios sin detenerme en las esquinas de las redes sociales no sé a qué hincar el diente, algo mínimamente optimista que nos levante ese estado de ánimo, que lo paseamos bastante hundido. La gaceta del confinado segunda edición ya camina a grandes pasos para convertirse en una enciclopedia rolliza de muchos volúmenes registrando un incremento exponencial en la producción de ataúdes para un más menester y para un si caso. Mencionaré la voluntad del abuelo -cuerdo- que cedía la preferencia a los precipitados porque yo también soy de la opinión que quien tenga prisa, pase delante. Ya nos llevaremos flores y pasaremos el trapo a la lápida puliendo el recuerdo y sacudiendo la añoranza por Todos los Santos.
Si nos olvidamos de la epidemia por oscura, incierta y aguafiestas a qué nos aferramos para salir del fuego y no caer en las brasas de la política y de sus gestores. Vuelvo a pasar página y me estremece el crujir de las entrañas de la tierra latiendo como un terremoto mientras sacude las aguas del mediterráneo exhaustas de tanto mecer a los cuerpos anónimos de refugiados ahogados, ofrendas de carne viva que no amansan la ira de los dioses feroces tan irritados que exigen aún más sacrificios de infieles degollados.
Una época y un año para olvidar cuando no tenemos la certeza de si se trata del preludio de una rara cotidianidad establecida o de algo más desalentador. En este sentido me apuntaría a la peña de los negacionistas entornando los ojos para no querer ver lo tangible aunque se empeñe en no dejarnos tranquilos. Un año nefasto en el que incluso el Barça es incapaz de reanimar al universo culé. Y no quiero ni mencionar las repercusiones prenavideñas que conllevará la derrota o la victoria de Trump en la cotización de los turrones y de la decencia política.
Con las luces de navidad calentando en las gradas para salir al terreno de juego a parpadear con renovada energía, la actividad comercial vive subordinada al empuje consumista de la campaña navideña que los visionarios no se atreven a pronosticar. Que no serán tampoco unas fiestas como solían, coinciden. Eso sí, con una silla para encaramar en ella, como se debe, a la criatura para recitar el verso, un himno para remendar la esperanza averiada.
En el ámbito personal en el caso que nos vuelvan a recluir -aún más- en los cuarteles domiciliarios de invierno, ya os digo que me niego a escuchar el "resistiré". También me temo que el gremio de la sanidad, de producirse, catalogará como un ejercicio de cierto cinismo las manifestaciones de balcón más que de reconocimiento. La segunda ola nos pilla a algunos con el tono más bajo -o desafinando directamente- y a ellos, los de la bata blanca, muy agotados.
¡Ojo, algo porcentualmente luminoso! Los datos de la evolución de la peste que recoge el departamento de Salud constatan estos días un apunte con unas migajas de optimismo. Anuncian la disminución de la velocidad de propagación del virus, que ha descendido unas centésimas.