sábado, 31 de octubre de 2020

Migajas de optimismo.

Estoy por hacer mutis y retirarme de escena, dejar la página en blanco. Echando un vistazo por los medios sin detenerme en las esquinas de las redes sociales no sé a qué hincar el diente, algo mínimamente optimista que nos levante ese estado de ánimo, que lo paseamos bastante hundido. La gaceta del confinado segunda edición ya camina a grandes pasos para convertirse en una enciclopedia rolliza de muchos volúmenes registrando un incremento exponencial en la producción de ataúdes para un más menester y para un si caso. Mencionaré la voluntad del abuelo -cuerdo- que cedía la preferencia a los precipitados porque yo también soy de la opinión que quien tenga prisa, pase delante. Ya nos llevaremos flores y pasaremos el trapo a la lápida puliendo el recuerdo y sacudiendo la añoranza por Todos los Santos.

Si nos olvidamos de la epidemia por oscura, incierta y aguafiestas a qué nos aferramos para salir del fuego y no caer en las brasas de la política y de sus gestores. Vuelvo a pasar página y me estremece el crujir de las entrañas de la tierra latiendo como un terremoto mientras sacude las aguas del mediterráneo exhaustas de tanto mecer a los cuerpos anónimos de refugiados ahogados, ofrendas de carne viva que no amansan la ira de los dioses feroces tan irritados que exigen aún más sacrificios de infieles degollados.

Una época y un año para olvidar cuando no tenemos la certeza de si se trata del preludio de una rara cotidianidad establecida o de algo más desalentador. En este sentido me apuntaría a la peña de los negacionistas entornando los ojos para no querer ver lo tangible aunque se empeñe en no dejarnos tranquilos. Un año nefasto en el que incluso el Barça es incapaz de reanimar al universo culé. Y no quiero ni mencionar las repercusiones prenavideñas que conllevará la derrota o la victoria de Trump en la cotización de los turrones y de la decencia política.

Con las luces de navidad calentando en las gradas para salir al terreno de juego a parpadear con renovada energía, la actividad comercial vive subordinada al empuje consumista de la campaña navideña que los visionarios no se atreven a pronosticar. Que no serán tampoco unas fiestas como solían, coinciden. Eso sí, con una silla para encaramar en ella, como se debe, a la criatura para recitar el verso, un himno para remendar la esperanza averiada.

En el ámbito personal en el caso que nos vuelvan a recluir -aún más- en los cuarteles domiciliarios de invierno, ya os digo que me niego a escuchar el "resistiré". También me temo que el gremio de la sanidad, de producirse, catalogará como un ejercicio de cierto cinismo las manifestaciones de balcón más que de reconocimiento. La segunda ola nos pilla a algunos con el tono más bajo -o desafinando directamente- y a ellos, los de la bata blanca, muy agotados.

¡Ojo, algo porcentualmente luminoso! Los datos de la evolución de la peste que recoge el departamento de Salud constatan estos días un apunte con unas migajas de optimismo. Anuncian la disminución de la velocidad de propagación del virus, que ha descendido unas centésimas.

 

viernes, 23 de octubre de 2020

Incertidumbre o desconcierto.

La falta de certeza o cuando consideramos algo no seguro, con dudas, nos hace sentir que no tenemos la verdad previsible a nuestro lado y nos produce desazón. La angustia vital participaría de esta incertidumbre que nos sitúa ante lo que no controlamos, como si habitásemos en un presente determinado por lo que nos espera y que no conocemos, lo del dios dirá. Pertenecería a una categoría superior entre el azar y la predestinación que no abarcamos.

Aunque, si la incertidumbre se convierte en desconcierto es que las personas zarandean la fórmula sublime queriendo interferir en la predeterminación unívoca que algunos postulan. Manifestado de otro modo podríamos decir que el sentido crítico y el sentido común suelen ser el antídoto que nos pacifica la angustia, pero cuando los retorcemos y los forzamos nos adentran en el largo y negro agujero del desconcierto donde los razonamientos previsibles dejan de funcionar y la única lumbre que ilumina este túnel es el caos. Me temo que a la incertidumbre magnificada que vivimos hay que añadir la gestión desconcertante de aquellos que deberían sosegar la aflicción que nos atenaza.

Entre la incertidumbre y el desconcierto, pues, debemos ir tirando columpiándonos en la renuncia y el temor embarrancados en esta percepción tan extraña y bien rara a la que la nueva realidad nos ha llevado. Me ahorraré de decir que hemos aprendido a vivir con la pandemia, en todo caso cohabitamos en una escala de conformidad y responsabilidad bien variada y, a veces, incluso pintoresca por no calificarla de contradictoria o, más aún, de dramática.

 

 

miércoles, 14 de octubre de 2020

Setas y duendes.

 En la primera acepción de "seta" –en el diccionario se describen sesenta y siete- figura: "Cuerpo fructífero de un hongo basidiomiceto o ascomiceto, carnoso, suberoso o gelatinoso, que se forma a partir del micelio, casi siempre en contacto con el exterior". De la retahíla destacaría la seta de la risa, que puede ser alucinógena o la seta del demonio, la mata gentes o mata parientes, de la que no se necesitan realzar más propiedades. Las variedades de setas que estos días nacen en los bosques son extraordinarias. El catálogo de colores, texturas y formas es impresionante. Todas tienen un nombre que puede variar de una región a otra muy cercana. De los níscalos a los robellones, por ejemplo.

En otoño, los duendes del bosque, esos seres traviesos y burladores, salen de las entrañas de la tierra donde residen el resto del año para urbanizar preferentemente las zonas umbrías y otros parajes con vistas a los valles, bajo determinados árboles o en las riberas donde disfrutan del agua fresca y limpia que llevan las lluvias de septiembre. Estos habitantes de la espesura son muy difíciles de ver y de capturar. De hecho, encerrados en una jaula tienen las horas contadas. Los científicos que pretenden catalogarlos se desesperan por poder exhibir alguno vivo. Son tan esquivos que, por ahora, sólo tenemos constancia de su existencia por las viviendas de temporada que abandonan terminadas sus vacaciones. Edifican en urbanizaciones escondidas entre la vegetación agrupamientos de casas unifamiliares de materia orgánica que todas tienen en común la apariencia, de seta. Si paseáis por los bosques gozareis del variado catálogo de residencias -del duende montañés-. Unas ostentosas, cargadas de ornamento, orondas, de pierna elefantina, carnosas, con un ático por sombrero como un plato sopero. Otras espartanamente minimalistas y estilizadas. Cosa de las preferencias y de la capacidad adquisitiva de estas criaturas cuando deben seleccionar al arquitecto a capricho para el diseño.

Días de otoño para ir a la caza de las setas o a recolectarlas. La fauna humana que va a buscarlas también se puede discernir por la actitud, los modos y la pericia. Los que entienden de los que salen de safari dominical para distraerse pertenecen a grupos diferentes. Una plaga de buscadores de setas ocasionales -sin ser del oficio, que los hay- ha invadido los bosques del país. La cantidad de vehículos y de personas que rondan por la montaña es ecológicamente poco sostenible -por definirlo de manera cortés-. Y curiosamente -o no- los cazadores de setas ataviados para la ocasión se detectan desde la lejanía. Se les oye y, sobre todo, se puede seguir su rastro así que abandonan el terreno de juego. Como unos duendes torpes también colonizan el bosque, pero dejando una huella de desechos y de devastación bien visibles. Algunos van equipados con rastrillos, podaderas i otros útiles indefinibles de destrucción masiva que deja cicatrices en la naturaleza.

Con los duendes diversos del bosque estos días excepcionales conviven las vacas, los jabalíes, los corzos, las aves y los cangrejos de río. Un estallido de vida trastornado por las ristras de vehículos que abandonan el asfalto y se aventuran en una pista forestal invadiendo espacios insólitos a los que no están avezados, algunos jugándose la integridad física y poniendo en peligro el equilibrio emocional de las cabras. Os aseguro que me entretuve un buen rato observando como una vaca presumida regulaba el tráfico a golpes de cencerro contando escrupulosamente los coches en un tris de montar un peaje mientras era retratada con intimidación.

Ojo, compañeros. Seamos responsables, de nosotros mismos y de la naturaleza. Tengamos cuidado de abrir y volver a cerrar las cancelas de aquellos caminos que nos podamos encontrar por las montañas. No tiremos nada que la naturaleza no pueda digerir. Asegurémonos de que las setas que cogemos no son letales. Y que las venenosas, también hay que respetarlas, no hay que arrancarlas en una ofrenda inútil rechazadas panza arriba.

Me despido con una receta de níscalos encurtidos. Uno de los entremeses o aperitivos más delicados y exquisitos. Se utilizan níscalos muy pequeños y enteros -de 2 cm o 3 cm de diámetro- conocidos como setas botón. Recolectados o cazados los níscalos se limpian con un paño o un pincel, sin pasarlos por agua. Se corta la parte del pie terrosa. Se deben escaldar muy brevemente, un par de minutos, con agua hirviendo. Una vez enfriados, en un frasco de vidrio, se cubren con una mezcla de aceite de oliva y vinagre, sal y pimienta al gusto. En un par de días ya pueden degustarse. No obstante, se pueden conservar todo un año en un lugar fresco y oscuro. No desconfiéis si presentan una especie de gelatina cuando los destapemos, es normal. Se puede rematar antes de servirlos con una picada de ajo y perejil y/o con las hierbas aromáticas que os plazcan. ¡Buen provecho!

Ya conocéis el dicho de si no queréis comer gusanos no comáis mízcalos. ¡Limpiémoslos bien! A menudo he estado tentado de verificar si esos diminutos gusanos que menean la cola pueden llegar a convertirse en los duendes adultos que las habitaban.