sábado, 25 de julio de 2020

Serpientes de verano.


La serpiente de verano -una especie en peligro de extinción- era una noticia más o menos intrascendente, un recurso utilizado abundantemente por la mayoría de medios, que servía para rellenar páginas y telediarios a falta de materia prima trascendente. Estas simpáticas culebras reptaban por las festivas páginas veraniegas repitiendo contenidos banales arrastrados de un verano a otro sin más voluntad que engrosar el calibre de la publicación. Eran paradigmáticas y omnipresentes las deposiciones caninas de acera urbana, el excedente de palomas en la plaza mayor, el uso y el abuso de los calcetines con sandalia o el extraordinario ejemplar de melón o de calabaza recogido en un cultivo rural. La calabaza descomunal venía documentada con una fotografía que, al mismo tiempo, homenajeaba e identificaba al hortelano de honor.

¡Seré un frívolo, pero como echo de menos aquellas serpientes de verano! Eran el síntoma que el universo rodaba sin sobresaltos y que el mundo próximo -de vacaciones como los redactores estrella- se había detenido durante la canícula. Sólo el mar latía pausadamente rítmico y sin medusas porque entonces también veraneaban sin mascarilla.

El verano de esta edición viene saturado con contenidos contundentes. No hay espacio ni para las necrológicas a pesar del auge que ha experimentado el gremio de las funerarias. La muerte voraz no se detiene, tampoco la muerte natural, aquella no atribuida a la actual peste. Definitivamente, por un motivo u otro, no somos inmortales. Me decanto, pero, más por el amor en tiempos de pandemia, infinitamente más temerario, pero intensamente vital y esperanzador. De hecho, una de las historias de amor de este verano que pasarán a las enciclopedias es el romántico asunto real con la princesa rubia de cuento de hadas que aguijonea -cual víbora estival- el interés de la audiencia, también la del papel satinado que defiende el derecho al chismorreo y al de pernada en las intrigas de la nobleza y en las casas reales europeas. 

¿Existe prueba de amor más intenso? Pongámonos en la piel de los protagonistas, imaginemos la melosa respuesta de compromiso a la pregunta inoportuna de hasta dónde me amas en un instante de clímax pasional cuando la concentración no es patrimonio precisamente de la locuacidad articulada ni de la poética amorosa de los trovadores. Por eso rompo una lanza y el cetro si es necesario a favor del monarca jubilado -heroico amante esforzado- cuando reencontró el zapatito de cristal en el que depositó con perturbado encorinnamiento y sin ostentación un cheque nominal tan extraordinariamente generoso. En defensa propia el monarca podría adoptar la máxima castellana originaria del título de una comedia de Lope de Vega, "Obras son amores y no buenas razones". ¿A qué vienen, pues, estos aspavientos y rechazos cuestionando los fundamentos de la misma institución monárquica? 

Seamos positivos, alejamos la envidia y valoremos este bonito y firme romance de amor como se merece. Se podrá actualizar la obra de fray Antonio de Guevara, Reloj de príncipes con una versión más vigente de la que propondré el título de Espejo de caballeros. Y no formulo insensateces si oso aventurar que un día no lejano al levantar el telón en el Liceo, veremos convertida en un mar de lágrimas -y de butacas emocionadas- la platea del gran teatro para estrenar una ópera de estilo verdiano como se merece este trágico amor, Corinna o la fuerza del destino.

Otra víbora de temporada que serpentea sinuosamente por los editoriales económicos de temporada es el acuerdo del fondo europeo de rescate. No habrá vigilancia de los ya míticos y legendarios hombres de negro. El crédito -hasta un 2% del PIB vencerá en una década- pretende financiar el gasto sanitario directo e indirecto. Lo cual representa 140 mil millones para España, de los cuales 72 mil serán a fondo perdido -que no sea una premonición-. La Unión Europea parece que se recupera, se observa una mejora relativa en este momento tan delicado que la ha podido noquear ingresando en una UCI con respiraderos de emergencia. Este pacto obliga a todos los agentes a una eficiencia exquisita para gestionar la presente realidad. Esto esperamos los ciudadanos acojonados por la plaga y, también mucho, por las consecuencias sociales y económicas que provoca y provocará.

Esta nueva riada de recursos federales que llegarán inquieta, por fuerza, a los políticos. Los codazos para repartirlos -la repartidora- y las fidelidades ingenuamente encubiertas -el clientelismo- fascinan vivificando el tuétano al poder verdadero: disponer de recursos y poder administrarlos. Recuerdo cuando Aznar, en la oposición, despreciaba las primeras inundaciones de fondos europeos tachando al joven y aerodinámico Felipe González de "pedigüeño"

Qué penitencia no estarían dispuestos a soportar los cronistas políticos para asistir a las conversaciones y los reproches de pasillo, a mascarilla quitada, con las que deberán haber advertido o amenazado al actual presidente Pedro Sánchez -aunque más aerodinámico que Felipe González-. La Marca España cimbreando ante los reproches de corrupción -encorinnamientos, herencias sospechosas y arabescos contables múltiples- protagonizados, por ejemplo, por quien ha ostentado alguno de los más altos cargos en diversos ámbitos de este país que no acaba de resolver la larga convalecencia de corrupción política como si también fuera de origen vírico y con tendencia a la recaída. Y lo más insólito, acogida democráticamente cuando los responsables no son precisamente penalizados en las urnas.

Ante un historial clínico de pronóstico reservado veremos cómo Europa se las ingenia para supervisar estos fondos que llegarán a España. Dado que los hombres de negro soportan un presunto ERTE, me temo que nos los enviarán disfrazados de turistas o camuflados en pelotones de rastreadores sanitarios con bata blanca.

¿Habremos aprendido algo de todo esto?

lunes, 13 de julio de 2020

Incertidumbre.


La nueva normalidad tiene algo de coche de segunda mano habituado a los vicios mecánicos heredados de una conducción tosca, con el asiento del conductor chamuscado por los rescoldos de cigarrillo que aterrizan fortuitamente y con el cristal de una ventana atrancado. Quería decir que las evidencias de la nueva realidad recién reeditada llegan con demasiados defectos de fábrica agravadas por la degradación del modelo anterior que ya andaba cerca del desguace. 

Asistimos al estreno de la representación en un escenario grandilocuente que se tambalea acompasadamente por un ataque de tos inoportuno en el primer acto de la tragedia mientras el protagonista tropieza en el monólogo. El aturdimiento por el desenlace nos tiene fascinados y, al mismo tiempo, bastante acojonados porque desconfiamos de cómo puede terminar este drama, con la platea tiesa. 

Incertidumbre, rotulado en el luminoso llamativo de neón, es el título de la obra escénica proyectada en la inmensa pantalla panorámica de cine al aire libre de verano a la que asistimos, inusualmente despanzurrados, desde nuestro vehículo, un Laberinto -el vehículo de la gama crossover- recién salido de la factoría Desconcierto versión híbrida. 

Incertidumbre o enredo, como prefiráis, es el mismo. Otra mercancía de la cadena de producción de la casa Desconcierto, una multinacional on line al margen del costalazo económico; al contrario, con los valores trepando como la espuma por los índices bursátiles. Incertidumbre es también una infalible bola de cristal turbia -de ahí el éxito- que pretende predecir -a la vez que ornamentar- qué nos espera en todos los ámbitos empleada con cuartelaria retórica populista por el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, cuando asocia el uso de la mascarilla a un asunto propio de gais. 

Incertidumbre sanitaria, social, política, económica... a la larga, personal. ¿Alguien es capaz de planificar una ruta de navegación inmediata con acierto y precaución? Esto parece no tener fin mientras decidimos por qué dirección nos decantamos, la protección extrema contra el virus con un probable segundo confinamiento o por la reanudación relativa de la actividad con el riesgo que esto puede conllevar. Asumir este peligro puede tener un coste elevado si el contagio se dispara incontrolado y galopante a pesar de la calor y el freno estacional que se le suponía. 

Estamos donde estábamos con un poco más de experiencia, pero más cansados ​​y menos heroicos. Espero que no tengamos que salir a agradecer a los sanitarios de nuevo la hazaña formidable que desarrollan. Deseo que no nos vuelvan a poner a prueba, a nosotros y a los médicos, porque la capacidad de resistencia tiene unos límites. Sobre todo cuando la tropa vuelve de una batalla con demasiadas bajas, herida de espíritu y muy agotada. 

Continúa, pues, la guerra contra el implacable bichito invisible y traidor mientras los generales se las tienen por si lo quieren rendido, cautivo y, puestos a ser contundentes, aniquilado o nos tendremos que acostumbrar a convivir con la prudencia y las medidas que deberemos ser capaces de soportar. ¡Mascarillas rosas, si se necesitan y son efectivas, también! 

En otros ámbitos de la vida nacional, con o sin corona-virus, quien tiene quebraderos de cabeza sobrepuestos y graves es la monarquía española contagiada por la herencia de una carroza de segunda mano -o muchas manos- bastante abollada y carcomida. Cómo evolucionará el asunto es otro enigma incierto que podría llegar a convertirse en una pandemia republicana.

Mientras, seamos todo lo felices que nos permita el momento. Disfrutemos de aquellos instantes especiales, de las compañías que nos fortalecen o, sencillamente, nos hacen sentir bien, amparados y menos solos en los miedos que nos acechan en las esquinas nocturnas que, desde aquí, conjuro para que no vuelvan.