La serpiente de verano -una especie en peligro de extinción- era una noticia
más o menos intrascendente, un recurso utilizado abundantemente por la mayoría
de medios, que servía para rellenar páginas y telediarios a falta de materia
prima trascendente. Estas simpáticas culebras reptaban por las festivas páginas
veraniegas repitiendo contenidos banales arrastrados de un verano a otro sin
más voluntad que engrosar el calibre de la publicación. Eran paradigmáticas y
omnipresentes las deposiciones caninas de acera urbana, el excedente de palomas
en la plaza mayor, el uso y el abuso de los calcetines con sandalia o el
extraordinario ejemplar de melón o de calabaza recogido en un cultivo rural. La
calabaza descomunal venía documentada con una fotografía que, al mismo tiempo,
homenajeaba e identificaba al hortelano de honor.
¡Seré un frívolo, pero como echo
de menos aquellas serpientes de verano! Eran el síntoma que el universo rodaba
sin sobresaltos y que el mundo próximo -de vacaciones como los redactores
estrella- se había detenido durante la canícula. Sólo el mar latía pausadamente
rítmico y sin medusas porque entonces también veraneaban sin mascarilla.
El verano de esta edición viene saturado
con contenidos contundentes. No hay espacio ni para las necrológicas a pesar
del auge que ha experimentado el gremio de las funerarias. La muerte voraz no
se detiene, tampoco la muerte natural,
aquella no atribuida a la actual peste. Definitivamente, por un motivo u otro,
no somos inmortales. Me decanto, pero, más por el amor en tiempos de pandemia,
infinitamente más temerario, pero intensamente vital y esperanzador. De hecho,
una de las historias de amor de este verano que pasarán a las enciclopedias es
el romántico asunto real con la princesa rubia de cuento de hadas que aguijonea
-cual víbora estival- el interés de
la audiencia, también la del papel satinado que defiende el derecho al chismorreo
y al de pernada en las intrigas de la nobleza y en las casas reales
europeas.
¿Existe prueba de amor más intenso?
Pongámonos en la piel de los protagonistas, imaginemos la melosa respuesta de
compromiso a la pregunta inoportuna de hasta dónde me amas en un instante de
clímax pasional cuando la concentración no es patrimonio precisamente de la
locuacidad articulada ni de la poética amorosa de los trovadores. Por eso rompo
una lanza y el cetro si es necesario a favor del monarca jubilado -heroico
amante esforzado- cuando reencontró el zapatito de cristal en el que depositó
con perturbado encorinnamiento y sin ostentación un cheque nominal tan
extraordinariamente generoso. En defensa propia el monarca podría adoptar la
máxima castellana originaria del título de una comedia de Lope de Vega, "Obras son amores y no buenas razones".
¿A qué vienen, pues, estos aspavientos y rechazos cuestionando los fundamentos
de la misma institución monárquica?
Seamos positivos, alejamos la envidia
y valoremos este bonito y firme romance de amor como se merece. Se podrá
actualizar la obra de fray Antonio de Guevara, Reloj de príncipes con una versión más vigente de la que propondré
el título de Espejo de caballeros. Y
no formulo insensateces si oso aventurar que un día no lejano al levantar el
telón en el Liceo, veremos convertida en un mar de lágrimas -y de butacas emocionadas-
la platea del gran teatro para estrenar una ópera de estilo verdiano como se
merece este trágico amor, Corinna o la fuerza del destino.
Otra víbora de temporada que
serpentea sinuosamente por los editoriales económicos de temporada es el
acuerdo del fondo europeo de rescate. No habrá vigilancia de los ya míticos y
legendarios hombres de negro. El
crédito -hasta un 2% del PIB vencerá en una década- pretende financiar el gasto
sanitario directo e indirecto. Lo cual representa 140 mil millones para España,
de los cuales 72 mil serán a fondo perdido
-que no sea una premonición-. La Unión Europea parece que se recupera, se
observa una mejora relativa en este momento tan delicado que la ha podido noquear
ingresando en una UCI con respiraderos de emergencia. Este pacto obliga a todos
los agentes a una eficiencia exquisita para gestionar la presente realidad.
Esto esperamos los ciudadanos acojonados por la plaga y, también mucho, por las
consecuencias sociales y económicas que provoca y provocará.
Esta nueva riada de recursos
federales que llegarán inquieta, por fuerza, a los políticos. Los codazos para
repartirlos -la repartidora- y las fidelidades
ingenuamente encubiertas -el clientelismo-
fascinan vivificando el tuétano al poder verdadero: disponer de recursos y
poder administrarlos. Recuerdo cuando Aznar, en la oposición, despreciaba las
primeras inundaciones de fondos europeos tachando al joven y aerodinámico
Felipe González de "pedigüeño".
Qué penitencia no estarían
dispuestos a soportar los cronistas políticos para asistir a las conversaciones
y los reproches de pasillo, a mascarilla quitada, con las que deberán haber advertido
o amenazado al actual presidente Pedro Sánchez -aunque más aerodinámico que Felipe González-. La Marca España cimbreando
ante los reproches de corrupción -encorinnamientos, herencias sospechosas y
arabescos contables múltiples- protagonizados, por ejemplo, por quien ha
ostentado alguno de los más altos cargos en diversos ámbitos de este país que
no acaba de resolver la larga convalecencia de corrupción política como si
también fuera de origen vírico y con tendencia a la recaída. Y lo más insólito,
acogida democráticamente cuando los responsables no son precisamente
penalizados en las urnas.
Ante un historial clínico de
pronóstico reservado veremos cómo Europa se las ingenia para supervisar estos
fondos que llegarán a España. Dado que los hombres
de negro soportan un presunto ERTE, me temo que nos los enviarán
disfrazados de turistas o camuflados en pelotones de rastreadores sanitarios
con bata blanca.
¿Habremos aprendido algo de todo
esto?