La abuela abrió la nevera
y calculó cómo se las apañaría para no arruinar toda aquella comida que había acopiado
antes de que los de la ciudad llegaran. Con la sabiduría de las intendentes de
otra era -la glaciar- era capaz de ingeniárselas para tener los pucheros listos
y a la vez satisfacer el surtido de preferencias diversas de los invitados. Este
año pocos, los autorizados. Iba dando tumbos a la idea de que hay más días que
longanizas y más fines de semana que navidades.
Justo la noche antes que
llegaran, el abuelo refunfuñaba como acostumbra con las noticias mientras no asomaban
los del tiempo para ver si acertarían e irse a planchar la oreja, la manera como
se refería a acostarse para no perjudicar la noche con pamplinas que no conducen
a ningún lugar y no gastar luz. Al principio ella no hizo demasiado caso a la
retahíla de improperios que el abuelo soltaba irritado por la actualidad que el
presentador repasaba. Eran frecuentes los debates sin demasiados miramientos de
aquel hombre con los de la tele. Como la cosa subía de tono, ella dedujo que
pasaba algo gordo y se acercó -¡Que han cerrado la comarca, abuela! -soltó con
una mueca como si le retorcieran las entrañas. El silencio espeso duró hasta
que insistieron en la prohibición de entrar y salir de aquel culo del mundo
coincidiendo con las fiestas de Navidad.
¡Qué le vamos a hacer!
-dijo ella con un punto de resignación. Flotaba por el espacio de aquella
cocina amplia el calor de la leña ardiendo en la chimenea siempre encendida
cuando la abuela separaba requisitos con cuidado de no mezclar las manías por
el gluten o la tendencia vegana del nieto y de la nieta respectivamente con la
intolerancia a los lácteos -y a la suegra también- de la nuera. Navidad desde
que los nietos habían crecido era un rompecabezas de platos difícil de superar.
La ilusión por reunir a todos vencía las manías de cada uno. Cosas de la
juventud.
Y quien no se conforma es
porque no quiere. Fluía el catálogo de consuelos para digerir la celebración
sin los niños. No poder disfrutar de los nietos la desquiciaba especialmente.
Gracias a dios que, por ahora, estaban a salvo. Habrá más navidades que
longanizas, insistía. El abuelo refunfuñaba en silencio despatarrado ante la
fogata como si pudiera quemar al virus y a la contrariedad condenándolos al
infierno. Porque, gracias a dios, aún podían valerse por sí mismos. No como la
vecina hacinada en el geriátrico del que tampoco la dejaban salir ni para la
comida de Navidad a pesar de tener en el pueblo a los hijos.
Remontarlo ya sólo pasaba
por sacar al Cristo en procesión. Pasaron lista a los espacios vacíos en la mesa
de los allegados, aquellos que se habían marchado cuando no tocaba. Demasiadas
personas cercanas de la quinta sin poder despedirse de ellos. Malas noticias
que llegaban de repente, como la plaga, y demasiados funerales sin público ni párroco.
¡Eran unos afortunados! El abuelo removió las brasas y acomodó los troncos para
que se quemaran bien, sin humo, los recuerdos y los pensamientos tristes.
Efectivamente, habrá más
celebraciones para reencontrarse. Quedaba el ritual imposible de intentar
comunicarse mediante la pequeñísima pantalla del teléfono móvil al que él había
renunciado por incompatible con su voluntad y fundamentalmente por sus manos y por
sus dedos. El trasto y él no se llevaban bien. -¡Abuelo! -gritaban las
criaturas. Entenderse en la confluencia de conversaciones al mismo tiempo era difícil.
Se limita a saludar con la mano cuando el tren de la nostalgia está a punto de
salir del andén. ¡Cómo habían pasado los años!
¡Buenas fiestas, feliz
Navidad!