Cuando
nos hallamos en el momento de hacer balance de este verano particular significa
que ya se está acabando o que los días de sol y regocijo para algunos ya
empiezan a ser historia. Que hemos guardado las fotos y cerrado el planificador
de rutas que nos llevaba a nuestro paraíso perdido. Que la luz comienza a
tener un punto de otoñal. Que nos atrapa esa leve angustia por la novedad
o la vuelta al tajo monótono de septiembre. Si no fuera por las derivadas
comerciales del mercado navideño, el año empezaría el 1 de
septiembre. ¡Acabaremos cambiando el buen año por el buen
curso! ¡Buen año, pues, antes de Santa Lucía! Quizás también
deberemos plantearnos ajustar los calendarios y las estaciones, de cuatro a
dos, la de las sequías y la de los estragos.
Éste
ha sido un verano terroso, de ríos perezosos y de cultivos abrasados por la
falta de agua. Hemos sufrido una temporada demasiado larga y
sedienta. Hemos oído cómo los abuelos del lugar se referían a ello con
amnesias nunca vistas mientras las charcas del río eran de agua muerta o enlodada
y el mar una sopa tibia de pescado con mejillones. El vecino campesino
recientemente reconvertido a pueblerino me decía que todo era espeluznante. ¿Cuántas
décadas han tenido que transcurrir para que similares situaciones adversas se
repitieran? Sin embargo, parece que esta falta de lluvias o las tormentas pavorosas
que le ponen remedio arrecian cada vez más fuertes y más frecuentes. Y de la
aridez y la sequedad, el fuego. En la lucha deportiva contra ese elemento,
hemos perdido por goleada. La naturaleza nos ha esbozado postales
apocalípticas y el cielo nos ha puesto en algunos lugares pedriscos como huevos
de gallina para hacer tortillas aprovechando la cosecha dañada.
Hemos
retomado muchos rituales, nos hemos reunido y abrazado ya que la peste parece
que ha aflojado si no fuera por la última oportunidad en el escaparate de los
contagios, la viruela del mono. La otra, el coronavirus, ha aprendido a
convivir con nosotros, la hemos adiestrado, se ha acostumbrado a compartir
calcetines y un plato de macarrones. Más o menos nos ha acometido a todo
el mundo en medio de la conjura informativa por no abrir las ediciones de los
telediarios con los índices diversos de incidencia presentados por la consejera
o el consejero de turno. Todo un detalle que no la ha finiquitado aún por
completo por la incertidumbre y el temor de los candidatos vulnerables, el
eslabón débil de los que se contagian.
Este
agosto, como en la mayoría de veranos, suelo desenchufar respecto del caudal
informativo que me llega, como si dijéramos también de sequía -voluntaria-. Y
este año he hecho vacaciones literales de este blog, Reflejos y Titiriteros,
que reanudo sin saber -como siempre- demasiado de qué hablar. La realidad
cercana al Ripollès todavía verdeaba sin alegrías con los márgenes de los
caminos y los campos un poco, o mucho, marchitos. En este estado digamos
que no he ido a las fuentes y que he estado al caso sólo por el goteo
imprescindible que me llegaba por diario de papel, que suelo leer al día
siguiente, como si las noticias sufrieran un proceso de maceración siendo más reposadas
y menos repentinas leídas el día después de haber sido publicadas.
No
negaré que en alguna ocasión he seguido los telediarios y las predicciones meteorológicas
que me han obsesionado. Cuántas veces habré consultado el radar y la
evolución de las amenazadoras manchas rojas que salpicaban como pecas la
geografía catalana. Muchas noches, después del telediario, he pensado que
no eran el bálsamo más oportuno para acostarse sin reflexionar sobre
ello. Un compendio de adversidades, como dice la abuela. Imágenes de
los fuegos incontrolables, de pueblos desalojados, de testigos desesperados que
no saben si su hogar ha sido engullido por las llamas. Al mismo tiempo, en
una especie de injusticia distributiva, alertaban de las fuertes tormentas que
podían azotarnos. La guerra en Ucrania encabezando la información
internacional compartía espacio con la situación en Afganistán con la venta de
criaturas de tres años para casarlas con viejos carcamales a 2.000€ la pieza; o
el negocio de los trasplantes para malvivir que cuesta un riñón de verdad, por
no hablar de la situación sufrida por las mujeres afganas en general.
Coincidió
que justo después de estas noticias y de la retahíla detallada de las
calamidades climáticas en el espacio del tiempo, la cosa no se detenía
aquí. Una píldora más de inquietud informativa aún con una serie de tres
capítulos, uno por día, analizando el atentado de las Ramblas con terroristas
muy nuestros, de Ripoll. ¡Dadme una cerilla que puedo encender el
cigarrillo y el mundo!
Seguro,
debe de existir algo que nos redima. No lo sé a ciencia
cierta. Quizás el fútbol o los abundantes festivales de
verano. Aunque en uno de ellos una ventolera causó un muerto y varios
heridos porque el escenario cayó sobre algunos asistentes. Cavilando acerca
del fútbol recuerdo cómo el Barça ha empatado en el debut liguero.
Buscando
la redención y como penitencia al pecado han llegado las restricciones de las
luces y la regulación térmica en los espacios cerrados, aire acondicionado y
calefacciones. Pasear por las calles con los escaparates a oscuras o
sentarse en una terraza en invierno sin el desperdicio energético de una estufa
de butano calentando el cielo mientras chamusca las nubes a l’ast será muy
duro. La civilización occidental tal y como la tenemos montada se
resentirá. No olvidemos, antes de fruncir el ceño, que con estas medidas
estructurales salvaremos al Planeta.
¡Buen
curso!