lunes, 29 de agosto de 2022

Una cerilla para prender el mundo.

 

Cuando nos hallamos en el momento de hacer balance de este verano particular significa que ya se está acabando o que los días de sol y regocijo para algunos ya empiezan a ser historia. Que hemos guardado las fotos y cerrado el planificador de rutas que nos llevaba a nuestro paraíso perdido. Que la luz comienza a tener un punto de otoñal. Que nos atrapa esa leve angustia por la novedad o la vuelta al tajo monótono de septiembre. Si no fuera por las derivadas comerciales del mercado navideño, el año empezaría el 1 de septiembre. ¡Acabaremos cambiando el buen año por el buen curso! ¡Buen año, pues, antes de Santa Lucía! Quizás también deberemos plantearnos ajustar los calendarios y las estaciones, de cuatro a dos, la de las sequías y la de los estragos.

Éste ha sido un verano terroso, de ríos perezosos y de cultivos abrasados ​​por la falta de agua. Hemos sufrido una temporada demasiado larga y sedienta. Hemos oído cómo los abuelos del lugar se referían a ello con amnesias nunca vistas mientras las charcas del río eran de agua muerta o enlodada y el mar una sopa tibia de pescado con mejillones. El vecino campesino recientemente reconvertido a pueblerino me decía que todo era espeluznante. ¿Cuántas décadas han tenido que transcurrir para que similares situaciones adversas se repitieran? Sin embargo, parece que esta falta de lluvias o las tormentas pavorosas que le ponen remedio arrecian cada vez más fuertes y más frecuentes. Y de la aridez y la sequedad, el fuego. En la lucha deportiva contra ese elemento, hemos perdido por goleada. La naturaleza nos ha esbozado postales apocalípticas y el cielo nos ha puesto en algunos lugares pedriscos como huevos de gallina para hacer tortillas aprovechando la cosecha dañada.

Hemos retomado muchos rituales, nos hemos reunido y abrazado ya que la peste parece que ha aflojado si no fuera por la última oportunidad en el escaparate de los contagios, la viruela del mono. La otra, el coronavirus, ha aprendido a convivir con nosotros, la hemos adiestrado, se ha acostumbrado a compartir calcetines y un plato de macarrones. Más o menos nos ha acometido a todo el mundo en medio de la conjura informativa por no abrir las ediciones de los telediarios con los índices diversos de incidencia presentados por la consejera o el consejero de turno. Todo un detalle que no la ha finiquitado aún por completo por la incertidumbre y el temor de los candidatos vulnerables, el eslabón débil de los que se contagian.

Este agosto, como en la mayoría de veranos, suelo desenchufar respecto del caudal informativo que me llega, como si dijéramos también de sequía -voluntaria-. Y este año he hecho vacaciones literales de este blog, Reflejos y Titiriteros, que reanudo sin saber -como siempre- demasiado de qué hablar. La realidad cercana al Ripollès todavía verdeaba sin alegrías con los márgenes de los caminos y los campos un poco, o mucho, marchitos. En este estado digamos que no he ido a las fuentes y que he estado al caso sólo por el goteo imprescindible que me llegaba por diario de papel, que suelo leer al día siguiente, como si las noticias sufrieran un proceso de maceración siendo más reposadas y menos repentinas leídas el día después de haber sido publicadas.

No negaré que en alguna ocasión he seguido los telediarios y las predicciones meteorológicas que me han obsesionado. Cuántas veces habré consultado el radar y la evolución de las amenazadoras manchas rojas que salpicaban como pecas la geografía catalana. Muchas noches, después del telediario, he pensado que no eran el bálsamo más oportuno para acostarse sin reflexionar sobre ello. Un compendio de adversidades, como dice la abuela. Imágenes de los fuegos incontrolables, de pueblos desalojados, de testigos desesperados que no saben si su hogar ha sido engullido por las llamas. Al mismo tiempo, en una especie de injusticia distributiva, alertaban de las fuertes tormentas que podían azotarnos. La guerra en Ucrania encabezando la información internacional compartía espacio con la situación en Afganistán con la venta de criaturas de tres años para casarlas con viejos carcamales a 2.000€ la pieza; o el negocio de los trasplantes para malvivir que cuesta un riñón de verdad, por no hablar de la situación sufrida por las mujeres afganas en general.

Coincidió que justo después de estas noticias y de la retahíla detallada de las calamidades climáticas en el espacio del tiempo, la cosa no se detenía aquí. Una píldora más de inquietud informativa aún con una serie de tres capítulos, uno por día, analizando el atentado de las Ramblas con terroristas muy nuestros, de Ripoll. ¡Dadme una cerilla que puedo encender el cigarrillo y el mundo!

Seguro, debe de existir algo que nos redima. No lo sé a ciencia cierta. Quizás el fútbol o los abundantes festivales de verano. Aunque en uno de ellos una ventolera causó un muerto y varios heridos porque el escenario cayó sobre algunos asistentes. Cavilando acerca del fútbol recuerdo cómo el Barça ha empatado en el debut liguero.

Buscando la redención y como penitencia al pecado han llegado las restricciones de las luces y la regulación térmica en los espacios cerrados, aire acondicionado y calefacciones. Pasear por las calles con los escaparates a oscuras o sentarse en una terraza en invierno sin el desperdicio energético de una estufa de butano calentando el cielo mientras chamusca las nubes a l’ast será muy duro. La civilización occidental tal y como la tenemos montada se resentirá. No olvidemos, antes de fruncir el ceño, que con estas medidas estructurales salvaremos al Planeta.

¡Buen curso!